Para el lector francés, la obra de Borges
parece ser la única emparentada con la maquinaria blanchotiana.

 

Ecos lejanos de Maurice Blanchot

Philippe Ollé-Laprune

Como toda gran obra, la de Maurice Blanchot se extiende más allá de su propio territorio. Las herramientas, conceptos e ideas formulados por él no sólo se aplican a las obras que comentó en forma directa, también son guías de lectura apropiadas para libros y autores aparentemente ajenos a los intereses de Blanchot. Para el lector francés, la obra de Borges parece ser la única emparentada con la maquinaria blanchotiana.

La literatura de América Latina pareciera estar alejada del pensamiento de Blanchot. De hecho, son relativamente pocas las traducciones, lecturas y análisis de sus obras en esta región del mundo. Unos cuantos libros publicados en España o en Argentina, de circulación escasa, son señas inequívocas de indiferencia. Otros pensadores franceses contemporáneos gozan de mejor suerte. Nos resulta cruel, incluso, constatar que al lector de lengua española no le es posible abarcar en su conjunto la obra de Blanchot, ya que hasta ahora ningún editor se ha dado a la tarea de expresar su pensamiento con un trabajo de fondo.

El objeto de estas reflexiones no es lamentarse sobre esta deplorable situación, tratar de reconciliar lo irreconciliable, o torcer unas cuantas obras de modo que encajen en el esquema planteado por Blanchot. Se trata, más bien, de señalar en algunos textos pertenecientes a esas literaturas ciertos ecos de las ideas que trabajó y delineó Blanchot. Como una suerte de espejo en el que se reflejan a distancia algunas obras, y permite leerlas desde otra perspectiva. Desde luego, no pretendemos mostrar “la literatura de América Latina” a través de unos cuantos ejemplos. Se trata más bien de detenernos en obras –marginales en algunos casos– compuestas de elementos que el universo blanchotiano permite entender de una manera aguda. Lo cual nos lleva a pensar en complicidades involuntarias o inconscientes, que nos complacemos en resaltar.

1. Juan Villoro, o el personaje literario como “cabo extremo del nihilismo”
“Si existe entre todas las palabras una palabra poco auténtica, ésta es la palabra autenticidad.”
(La escritura del desastre)

La obra narrativa del mexicano Juan Villoro es en apariencia completamente ajena a los conceptos e intereses de Blanchot. Nada hay, sea en la escritura, el tono o la construcción, que sugiera algún tipo de parentesco evidente. Y sin embargo, percibimos en los personajes de Villoro un enfrentamiento con la nada que los convierte en representaciones del “cabo extremo del nihilismo”. Esto se ve claramente en los cuentos de La casa pierde, donde la confrontación de los protagonistas/antihéroes con el vacío pone de manifiesto una carencia de sentido que impide que los destinos se perfilen con firmeza. Autor de tres novelas, Villoro retrata en la segunda, Materia dispuesta (Alfaguara, 1997), a un personaje que se mueve entre dos temblores (única y ¡Oh! cuán caótica referencia...) y vive en los márgenes de la ciudad, como si viviera apartado del mundo coherente, del mundo estructurado. Vive, pues, sin referencias ni límites, como atrapado en un espacio donde todo puede cambiar de un momento a otro. La misma sensación emana de El testigo (Anagrama, 2004), cuyo protagonista vuelve a México tras una ausencia prolongada e intenta encontrar referencias que lo ayuden a darle un sentido a su destino. De ahí el acercamiento con la cita de Blanchot sobre la autenticidad: la obsesión de Villoro consiste en resaltar las trágicas consecuencias de la búsqueda frustrada de vestigios de autenticidad en los recorridos de estos personajes tan contemporáneos. Las imágenes más espectaculares tienen que ver con prácticas culturales como el teatro en Materia dispuesta (que le permite relacionarse con la “auténtica” alma mexicana), o la poesía en El testigo (con la creación de una especie de secta de fanáticos del poeta López Velarde). Ante ese “cabo extremo” del nihilismo mencionado por Blanchot, los personajes de Villoro tratan de inventar una “autenticidad”, valores y causas que les permiten carear la nada con protecciones que, a falta de ser “auténticas”, resultan provisionalmente útiles. La única forma de narrar estos episodios es acentuando su lado grotesco, con el fin de imprimirles a esas partes del relato un cariz paródico. A diferencia de Blanchot, quien traduce la nada eliminando por completo la trama, Villoro se burla de la propia trama; vigila su curso, pero con una sonrisa disimulada que desmiente su carácter dramático. Sus personajes luchan por sobrevivir en un universo donde la nada destructora (de sentido, de pasado, de valores, de poderes...) los atrae, niega y consume. Esta confrontación con la nada nos remite directamente a la paradoja de Blanchot sobre el carácter poco auténtico de la palabra “auténtico”.

El gran autor francés se vale de esta paradoja para denunciar la mentira que se esconde detrás de esta palabra y este concepto. Villoro, por su parte, percibe el mismo engaño, pero prefiere cuartearlo, torcerlo por medio de elementos grotescos a fin de resaltar el carácter nihilista de estos personajes empeñados en protegerse con afirmaciones “auténticas”.

2. Macedonio Fernández, o “la literatura como negación de la existencia”
“La literatura va hacia sí misma, hacia su esencia que es la desaparición.”

“La obra es el movimiento que nos lleva hasta el punto puro de la inspiración de donde proviene, a donde al parecer no puede llegar más que desapareciendo.”
(El libro que vendrá)

Salvador Elizondo, Sin título
 

La vida y la obra de Macedonio Fernández lo convierten en un personaje peculiar dentro del mundo literario de lengua española en el siglo XX. Pese a haber gozado del respeto de Borges, de la admiración de sus pares argentinos, y del interés de Gombrowicz en su diario, no fue reconocido internacionalmente sino hasta mucho después de morir. Original y bohemio, publicó muy pocas obras en vida, en tanto que su buena fama como orador lo convertía en el invitado idóneo para todo tipo de reuniones intelectuales y mundanas, tan comunes en la Buenos Aires de aquellos tiempos. Pero Macedonio es ante todo el autor de dos textos diseñados para corresponderse, y de los que hoy se sabe reflejan un buen número de ideas del escritor: Adrián Buenos Aires, que él llama la última novela mala, y Museo de la novela de la Eterna, la primera novela buena...

Más allá de lo anecdótico, el escritor Macedonio Fernández es sobre todo un metafísico apasionado que encuentra en la creación literaria una forma de oponerse a la realidad, llevando el absurdo a un extremo tal, al que el mismo arte pareciera estar condenado. Al menos eso intenta en Adrián Buenos Aires, aquella última novela mala que reúne los trucos más grotescos de la novela “rosa”, todos esos recursos fáciles que supuestamente permiten “entender la psicología de los personajes”. Con todo, el autor insiste en lo difícil que resulta escribir por voluntad propia un libro plagado de los clichés y lugares comunes más caricaturescos del género novelístico. Macedonio, al igual que Blanchot, vaticina la desaparición de la novela, y también como él propone que el espacio de la escritura se convierta en algo más, un ejercicio al servicio del pensamiento, y permita la fusión de los géneros. Con Museo de la novela de la Eterna, el autor dedicó toda su vida a la redacción de un texto para luego mezclar cuidadosamente el orden de las cuartillas... El libro, publicado mucho tiempo después de su muerte, reveló una genialidad que realmente no aparecía más que de manera intermitente en sus escritos anteriores.

El cuerpo del texto cuenta con más de cincuenta prólogos (dirigidos a los críticos, a los lectores –claro–, pero también a los personajes, y a sí mismo...) y una novela de veinte capítulos donde los personajes tienden al anonimato (los protagonistas se llaman “Quizágenio” o “Dulce-Persona”), y cuya trama involucra al lector, y hasta al autor... Este es el cometido de la novela: convertir al lector en personaje del relato. El libro se cierra con un capítulo único en la historia de la literatura, titulado “Al que quiera escribir esta novela”. La novela concluye con estas palabras: “Lo que sólo es inteligencia (...) es vil. Todo hecho y ningún contento.”

Macedonio es, pues, un metafísico que discierne en la escritura una posibilidad de negar la existencia. Al brindarle al lector la oportunidad de convertirse en personaje de ficción, en cierta forma le ofrece una posibilidad de negar su existencia, por tanto su muerte... El lector/personaje le sobrevive al hombre que lee el libro y, como todo ser de ficción, gozará de una vida más allá de la realidad, o sea de la muerte.

Este razonamiento es totalmente voluntario en el autor, quien resalta en su libro el papel necesario del dolor para afirmar el carácter “humano” de cada uno de nosotros. Como lo hiciera notar uno de sus traductores, Jean-Claude Masson, ese afloramiento de la humanidad en el ser a través de un “doloroso trabajo” asemeja su obra a la de Lévinas, cuya influencia en la vida y la obra de Blanchot es conocida.

Macedonio Fernández y Blanchot tienen ideas y libros afines. No es mera coincidencia: ambos albergan la sorda certidumbre de que la literatura se acerca a su fin, y que su propia naturaleza implica una revolución que sólo puede llevar a un cambio radical llamado desintegración para el francés, y modo de acabar con la ilusión de la vida para el argentino.

3. Salvador Elizondo, o “La escritura a prueba de silencio”

“No escribir –qué largo es el camino para conseguirlo, y nunca seguro– no es ni una recompensa, ni un castigo, sólo hay que escribir en la incertidumbre y la necesidad.”
(La escritura del desastre)

Cuando Salvador Elizondo publica en 1965 su primera novela, Farabeuf o la crónica de un instante, le ofrece al lector un texto incomparable en el ámbito de la lengua española, toda una experiencia literaria que nos remite a autores como Joyce o Bataille. Texto narrativo, hecho de introspección y monólogos interiores, Farabeuf parte de una búsqueda de trasgresión, en especial esa mezcla de atracción y rechazo frente al sufrimiento que nos provoca la famosa fotografía del suplicio chino utilizada por Bataille en Las lágrimas de Eros. Sin embargo, más que esta búsqueda, siguen siendo el lenguaje y la posibilidad de “expresar” en la literatura los temas predilectos de Elizondo.

El autor se inspira en las técnicas de edición cinematográfica y el sistema chino de escritura con ideogramas. Intenta provocar en su lector una sensación nueva, mediante la suma de dos palabras –sobreponiendo dos sentimientos o sensaciones, pretende crear un tercer estado–. Pero al tratar los temas de lo posible y la trasgresión se enfrenta con los límites de lo expresable, con las fronteras de la palabra.

Guillermo Schulz, Sin titulo.

El propio Elizondo lo escribió en su Cuaderno de escritura, de 1969: “El lenguaje sólo puede expresar la imposibilidad de expresar. El lenguaje es la única expresión del imposible. Por lo tanto el lenguaje es conocimiento (...) El lenguaje es el conocimiento.” Esa obsesión por el lenguaje traduce sus deseos de renovar el género literario, llevando al límite la experiencia de la escritura, hasta su agotamiento. En su intento por saturar, por ocupar todos los campos de lo expresable, el autor constata las limitaciones del género literario de su época, y hace todo para minimizarlas. Si se piensa en la definición blanchotiana del “Desastre”, resulta impactante la similitud entre las visiones de ambos escritores. Partiendo de la idea del desastre como “lo que sobreviene cuando el escritor pierde definitivamente los puntos de referencia que forman los cimientos de la literatura tradicional, y acepta escribir a partir del olvido de estos valores”, podemos decir que Salvador Elizondo responde a esa voluntad de hacer tabla rasa de la tradición y empezar a crear a partir del desastre. Su obra termina en 1988 con la publicación de un relato corto, Elsinore: Un cuaderno, que constituye un regreso a los orígenes de la infancia. Relato autobiográfico escrito entre el español y el inglés, Elsinore no es para nada anecdótico. Esa interrogación constante en torno al lenguaje lleva la experiencia de la escritura al borde de la “saturación”, como diría Perec, a esa marcha atrás hacia la infancia y... el silencio, como consecuencia lógica del agotamiento de la forma literaria. En efecto, Elizondo dejó de escribir textos de ficción desde 1988 y hasta su muerte en 2006, limitándose a redactar su diario. Sería un grave error interpretar este silencio como una señal de pereza o de desinterés; al contrario, se inscribe dentro del proyecto de escritura de Salvador Elizondo desde sus primeros textos. Sin duda, este escritor es uno de los autores latinoamericanos más intuitivamente cercanos al sentimiento del desastre en la acepción blanchotiana: sabe que a lo único que puede aspirar su trabajo literario, es a la instalación del silencio.


Traducción del francés de Sophie Gewinner.


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