Mis autores favoritos eran: Knut Hamsun, un autor noruego, que ahora he podido recuperar; Aldous Huxley y sobre todo Kafka, último que para mí fue un descubrimiento, muy revelador, y del cual he publicado varios títulos, pues me parece uno de los máximos escritores de la literatura de todos los tiempos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Editor por siempre
Entrevista con Jorge Herralde

Celia Gómez Ramos

 

Luis Buñuel desconocía qué había en la cajita, que un asiático muestra a Sévérine, en su película Belle de jour. Buñuel dijo: “ya sé que la cajita inquieta, y más con el zumbido que le puse [...] Yo mismo no sé qué hay en la cajita. Debe ser algo extraordinario, una cosa útil para una perversión insospechada”. Jorge Herralde, fundador de Editorial Anagrama, sí debe saberlo, ya que le gustaría ser esa cajita. Como esa respuesta de estilo buñuelesco, ha sido su vida con Anagrama, al publicar hace 37 años a los escritores denominados malditos y acabando en la cárcel, durante la España franquista.

Herralde ha construido una empresa, que además de independiente, es una de las pocas editoriales europeas que ha dado a conocer a escritores latinoamericanos y del Medio Oriente, a los que ha internacionalizado y difundido entre el público de habla hispana. A diferencia de otras editoriales, donde la difusión no trasciende las fronteras, con Anagrama esto sí sucede y su catálogo incluye más de dos mil 500 títulos. Entre los autores que ha publicado se encuentran Paul Auster, Antonio Tabucchi, Alesandro Baricco, Ryszard Kapuscinski, Charles Bukowski, Michael Houellebecq (que superó records de venta en Francia), Andrés Barba, Roberto Bolaño, Margo Glantz, Carlos Monsiváis, Mario Bellatin, Guadalupe Nettel, Juan Villoro, John Banville, Hanif Kureishi, Julian Barnes, Abraham B. Yehoshúa, entre otros. Como si fuera poco, a Herralde no le es suficiente su trabajo como editor –reconocida con diversos premios–, también escribe. En su quinto libro Por orden alfabético. Escritores, editores, amigos, amenaza, junto con Roberto Calasso, editor de Adelphi, hacer un libro sobre las extravagancias de los escritores y romper el anonimato de los mismos. Herralde no tiene empacho en estar permanentemente en los medios –lo entrevisté durante su última visita a México–, cree poco en las patrias, no entra a Internet y la juventud de hoy no le “asusta”. La tuberculosis y Sartre le cambiaron la vida. Su tema favorito es la edición, siempre encontró el hilo para regresar a su terreno favorito. Herralde disfruta la esgrima verbal, no le gusta “opinar sobre todo” y, nos confiesa, lo reconforta “la mala leche de las conversaciones”.

• Usted es un hombre público, pero únicamente habla de su trabajo como editor, no habla del ser humano ¿No le gusta hablar de ello?
Herralde reflexiona un momento y contesta de forma pausada: –Relativamente, porque en general los editores no somos demasiado públicos. Lo que pasa es que en mi caso, quizá por tantos años en el mundo de la edición y por haber publicado varios libros, soy más conocido, pero en el mundo libresco las vedettes son los autores, los editores no.

• Eso lo entiendo, pero algo habrá que contar. Es un personaje público también. Platíquenos de su niñez.
–De mi niñez –repite–. Fue durante la España franquista, en una sociedad muy atemorizada después por las secuelas de la guerra civil. Una infancia que no recuerdo desdichada, a pesar de una educación católica, una familia tradicional de derecha, pero bueno –dice socarronamente–, ya me buscaba mis escapatorias. Luego estudié sin vocación, ingeniería industrial, porque mi familia tenía una empresa metalúrgica, aunque a mí siempre me ha gustado la literatura y la historia. Estudié sin vocación porque tampoco veía nada claro, y tenía la suerte o la desdicha de que las matemáticas no me eran hostiles, al revés que a tanta gente de letras, como en el último capítulo del libro Por orden alfabético; incluso trabajé un tiempo cuando acababa la carrera, pero ya tenía mis primeras fantasías o proyectos editoriales. Yo ya había sido un ávido lector en mi adolescencia, mis autores en aquella época, en que en España había muchos libros censurados, eran: Knut Hamsun, un autor noruego que ahora he podido recupera; Aldous Huxley y sobre todo Kaf-ka, último que para mí fue un descubrimiento, muy revelador, y del cual he publicado varios títulos pues me parece uno de los máximos escritores de la literatura de todos los tiempos. Desde entonces yo tenía, lo que podríamos llamar aunque suene un poco cursi, inquietudes políticas y sociales. Más tarde, lo que para mí fue determinante y ya se inscribe en esta cosa de historia personal, fue una feliz tuberculosis cuando tenía unos 22 años, lo cual significó estar más o menos como un año entre reposo y semireposo, leyendo sin parar, período extremadamente formativo para mí. Fue entonces que leí un libro que se llama: Qué es la literatura de Jean Paul Sartre, que más que literatura hablaba de política, fue lo que me hizo tomar conciencia política y determinó el rumbo de mi vida. Luego he leído, en memorias y textos de algunos contemporáneos, tales como el gran crítico José María Castellet y otros, que también tuvieron tuberculosis en una edad así y fue una época decisiva. Creo que soy editor y me considero de izquierdas, gracias, en buena parte, a Jean Paul Sartre. Tuve un primer proyecto editorial acabando la carrera, se lo comuniqué a mis padres, que tuvieron un disgusto de muerte, pero lo aceptaron, y luego el proyecto se frustró, aunque ya estaba bastante avanzado, así que seguí un tiempo de ingeniero, hasta que por fin decidí lanzarme a editar. En octubre de 1967 y en el 69 aparecen los primeros libros de Anagrama.

• Fueron estas dos cosas las que le cambiaron la vida: el libro de Sartre y la tuberculosis.
–Sí, fue Sartre... La tuberculosis propició que leyera a Sartre –ríe de buena gana.

• ¿Cree, entonces, que los libros cambian la vida?
–Sí, y para bien.
Zed Desideraja, The pear in the middle of the tumults of history
 

• ¿Hay algún otro libro que le haya cambiado algo de la vida?
–Este fue tan determinante, pero muchos otros acompañaron y potenciaron este cambio, y luego también las experiencias que se tienen leyendo a autores como Kafka, Nabokov, Borges, por citar tres de mis escritores favoritos. El placer estético que se siente con ellos es difícilmente superable.

• Como ingeniero industrial, ¿qué hizo?
–Estuve ahí de cuerpo presente en la empresa, esperando el momento de salir a la calle. Nada más. No hacía ni trabajo, pero es algo que ya he borrado completamente de mi vida.

• Y dígame, ¿Jorge Herralde fue buen estudiante, era de diez?
–Fui lo que se llama buen estudiante díscolo en el bachillerato, a veces con dieces y castigos por indisciplina. En cambio, como ingeniero, como en realidad estudiaba sin vocación, simplemente aprobaba los cursos, más o menos a trancas y barrancas.

• Entonces era indisciplinado.
–Sí.

• En su quinto libro Por orden alfabético inicia con una frase que dice: “Una persona moralmente irreprochable no escribe libros”... Y entonces le pregunto, ¿qué se reprocha?
–No, esa es una frase que escogí, por ser de un gran escritor, un escritor genial, que se llama Giorgio Manganelli, de quien he publicado varios libros, y me hizo mucha gracia. Es como una broma, porque el propio Manganelli habrá escrito como 70 libros. Fue una broma, la constatación de que nadie es moralmente reprochable.

• ¿Qué malos hábitos tiene Jorge Herralde?
–Aparte de los inconfesables... más que malos hábitos, quizá durante temporadas exceso, en hábitos que yo no diría malos, sino muy gratificantes, pero un tanto perniciosos por sus efectos secundarios, como la ingestión de demasiadas calorías líquidas.

• ¿Es el único, de los confesables?
–También soy un exfumador. Después de haberme pasado bastantes décadas, fumando de la mañana hasta la noche, tres o cuatro paquetes al día, de manera compulsivamente idiota, lo dejé por motivos de supervivencia. No creo que tenga demasiados malos hábitos, más bien disfruto de la conversación con mis amigos. Y bueno –recapitula–, con respecto a los malos hábitos, una de las cosas, después de una jornada de trabajo, de ir a cenar con los amigos y tomar copas... Disfruto este momento en que salta la chispa y empiezas a vacilar o, decía Gabo, “a mamar gallo”. Comienzas a bromear, a tomarle el pelo a todo el mundo, por el placer de disfrutar el ping pong de la conversación.

• ¿Fue un ping–pong el que tuvo con Calasso, de hacer un libro sobre las excentricidades de los escritores?
–Sí, esto también se dio en una noche, tomando las cosas así. Lo que tendríamos que hacer los editores es hacer un libro negro, de todas las maldades y miserias de los grandes escritores, no de los pequeños. De los Nóbel, de los grandes, vistas desde el interior, es decir, la relación entre el autor y el editor, que puede ser muy intensa y reveladora. Esto tendríamos que escribirlo de forma anónima naturalmente... pero fue un proyecto nocturno, de copas.

• Pero eso no es lo que queda plasmado en su libro, algunos autores deben estar preocupados, porque da miedo que Jorge Herralde pueda escribir con alguien las intimidades de los escritores.
–He optado porque mis libros sean básicamente homenajes, a veces homenajes con un poco de recámara con respecto a autores a los que admiro y aprecio mucho. El posible libro negro, yo creo que está aparcado.

• En una agenda tan complicada, ¿qué espacio dedica a la vida familiar?
–Escasísimo. Yo no estoy casado, aunque mis amigos me dicen que estoy más que casado porque llevo veintitantos años con la misma persona y además hace ya casi 20 años que colabora en la editorial. Así que tenemos una vida entre personal y profesional intensa, no tenemos hijos. Mis relaciones familiares han sido más bien escasas, cordiales, pero los intereses son diversos, para decirlo de forma suave. No me ocupa demasiado tiempo la vida familiar.

• Pues más fácil todo, si su pareja también está en esto.
–Exactamente, la única vida familiar que tengo básicamente, salvo algunas bodas y bautizos, es con Lali (Gubern).

• ¿Se cansa de dedicar tanto tiempo a hablar con la gente?
–No, porque lo alterno mucho. Desde pequeño he sido muy social y muy solitario a la vez. Tenía muchos amigos, me gustaba mucho jugar futbol, todo lo que se hace con los amigos, pero al mismo tiempo también pasaba largos ratos solo, leyendo y en otras modulaciones. En síntesis, de lunes a viernes tengo una vida profesional y social muy intensa, recibiendo constantemente a gente, en llamadas telefónicas... Y en general, los sábados y domingos casi nunca salgo de casa, lo que significa que estoy entregado a la lectura lenta y demorada de manuscritos, con bolígrafo en la mano, tomando notas, o escribiendo textos, como los de este volumen, que me piden para conferencias o presentaciones de libros.

• ¿Este libro que me acompaña es entonces un trabajo de fin de semana?
–Básicamente, sí.

• ¿Nunca escribe textos entre semana?
–A veces, cuando hay cosas de urgencia y se requiere. Hace siete, ocho años, sobre todo, me empezaron a pedir artículos en periódicos o revistas, y como vieron que los entregaba...

• Si a su pareja no le gustara leer, usted estaría hecho bolas los fines de semana, porque no podría tener espacio para la lectura, ¿no cree?
–Quizá no sería mi pareja, o quizá es mi pareja porque le gusta leer también, y porque antes de estar en Anagrama, durante unos ocho años, con una socia montaron una excelente librería en Barcelona que se llamaba Leteradura, un nombre inventado, es una palabra incorrecta, un neologismo, pero una estupenda librería donde asistía mucho, por ejemplo, Sergio Pitol. Era la librería favorita de Sergio Pitol, en sus tiempos en Barcelona.

• ¿Fue a alguna de las marchas del candidato de la izquierda, aquí en México?
–En el franquismo fui a infinidad de marchas. Fue interesante, la situación de México es realmente complicada y preocupante, se ve un país polarizado, donde puede saltar la chispa en cualquier momento. Hay que ir, creo yo, con suma cautela.

• ¿Qué tan observador se necesita ser, para ser editor?
–Yo creo que bastante, no sólo de los editores, pues la curiosidad intelectual es uno de los grandes motores de la edición. Hay que estar un poco con las antenas puestas, la oreja receptiva.

• ¿Usted sale a la calle a pulsar las ciudades solo, a caminar? ¿Escucha a la gente, habla con ella?
–Sí, bastante, más o menos –comenzamos con el sí y terminamos con el no–. Pero si quieres que te sea absolutamente sincero, soy bastante monográfico, es decir, automáticamente me dirijo a las librerías de las ciudades, pero ya lo había hecho antes de ser editor y ahora con mayor razón. Me encantan las buenas librerías, ahí están mis hermanos. Ahora, cuando veo una buena librería, y te digo, tuve una enorme satisfacción en México al visitar esta nueva librería de la Condesa, del Fondo de Cultura Económica. Tiene un diseño límpido, bello, funcional, de este gran arquitecto Hernández de León, con una buena selección de libros. Aún están en formación, aún están en periodo de rodaje, pero ahí es donde ves que alguien ha planeado o que un equipo ha planeado una buena librería... Y más en la ciudad de México, donde hay buenas librerías, pero hay un déficit pavoroso, como bien sabéis.

• El que más puntos de venta tiene en la ciudad y el interior de la República es Sanborn’s, y no es librería.
–Sí, pero tiene unos criterios de selección muy orientados hacia la venta rápida y no hacia aquellos libros valiosos culturalmente, que no tienen la gran rotación. Uno lo entiende obviamente por la naturaleza del negocio, pero así no se beneficia a la cultura.

• ¿Le espanta algo de la juventud ahora?
–¿De la juventud? Espantar, no. No me espanta, ¿qué me puede espantar? Se habla mucho que hay una juventud más pasota, con menos ideales, pero ni me gusta ni me atrevería a hacer diagnósticos descalificatorios en ese sentido. Están creciendo en un mundo muy distinto. Por ejemplo, en nuestro mundo, aunque fue complicado, era muy fácil ser rebelde desde la estructura familiar hasta la figura del dictador franquista. Era de cierta manera incluso peligroso y tal, pero confortable saber que tenías un enemigo tan inequívocamente enemigo. Actualmente los enemigos están más difusos y es más difícil.

• ¿Usted pensó llegar a donde está? ¿Alguna vez lo proyectó?
–He tenido la fortuna de que a pesar de que ha habido temporadas difíciles, he podido ir desarrollando esta actividad de forma muy satisfactoria. Como en toda actividad, hay percances ingratos y también cosas muy estimulantes, y si hay recompensas luego, son por añadidura. He tenido la gran fortuna, más que premios que haya podido obtener, de poder seguir desarrollando esta actividad, por una parte, y por otra, el que me siga gustando la lectura y todo lo que significa el mundo de la edición.

• Ahora que parece que estamos justamente en Babel, que no nos entendemos unos y otros, ¿por qué la opción por las palabras?
–Porque finalmente el cerebro humano se expresa y se conforma a través de las palabras, y en cuanto más precisión se tenga en el uso de las palabras por una parte, y de la forma más armoniosa en que se exprese, pues es un logro intelectual y una satisfacción estética.

• Menciona usted que Jorge Herralde es el catálogo de Anagrama. Entre tanto libro, o mejor, entre tanta película, ¿qué personaje le gustaría ser?
–¿Te puedo contestar con una tontería... ? Hay una película que se llama Belle de jour, en ella hay un asiático con Catherine Deneuve, que le enseña una cajita, la abre y Catherine Deneuve lanza un grito de horror. Por ejemplo, ser esa cajita, lo que está adentro.

• Le gusta ser el centro de la historia y que todos se espanten.
–Sí, sí –dice enfático y sonríe–. ¡Claro!

• ¿Le ha entrado Jorge Herralde a las nuevas tecnologías? ¿Le gusta la computadora?
–No, porque yo soy un desastre para las nuevas y las viejas tecnologías. Escribo a mano, pero internet me parece un fenómeno enormemente interesante y del que aún estamos en pañales. Es muy complejo lo de los libros que se descargan, lo de los derechos de autor, pero hay una enorme riqueza potencial, por una parte, y luego, es como la biblioteca de Babel, la gran biblioteca del mundo, aunque yo no la use. Por ejemplo, mi asistente busca y de repente encuentra cosas tan insospechadas, porque con un poco de pericia, aprietas unos botones y te encuentras con explicaciones. Es un caudal de información, de sabiduría, realmente inmejorable.

• ¿Qué cosa nunca se ha dicho de Jorge Herralde?
–Muchísimas cosas, tampoco se han dicho tantas... Nunca se ha dicho que fui un jugador de futbol. Fui un jugador voluntarioso –se hace un silencio y agrega–: Ese era un chiste.

• ¿Qué le gustaría que se dijera de usted?
–No tengo grandes aspiraciones de epitafio, de que fue..., simplemente fue, y ya.

• Le gusta la esgrima verbal.
–Me encanta, sí.

• ¿En las reuniones o fiestas con editores y escritores se da?
–En muchas se da y por esto son tan placenteras y reiteradas. El chisporroteo de la conversación es muy vivaz, muy divertido, muy inteligente y con muy mala leche. Todas ellas, características sumamente reconfortantes.

• ¿Qué clásico le da pereza leer, o siempre le ha dado pereza y no ha leído?
–A ver, déjame pensar... –Después de un silencio notable para una entrevista, responde:– Son tantos los que me estimulan a leer, que los pocos que no me interesan, ya los he borrado. Más bien, lamento no tener más tiempo para leer, y releer sobretodo, y esto sí que es uno de los daños colaterales del oficio de editor, es que uno está obligado a leer libros muy a menudo, buenos libros, para su catálogo, pero en cambio, casi no tiene tiempo para releer autores que le han gustado a uno mucho en la adolescencia y, esto no es para quejarse tampoco.

• Ahora que entre naciones se unen económicamente, ¿la Unión Europea es la patria?
–Bueno, yo creo poco en patrias.


• ¿Siempre dice lo políticamente correcto?
–Esto no sé si está correcto. No sé si en la Embajada de España les parezca tan correcto.

• ¿Tiene algún sueño constante?, ¿algo que sueñe repetidamente?
–En mis tiempos de adolescencia tuve un sueño recurrente. Me imaginaba volando, atravesando campos, con una sensación de enorme libertad. Este parece que es un sueño bastante común y enormemente placentero.

• En valores, ¿encuentra gran parecido en México y España?
–México y España, pues quizá no tanto. De todas formas, me gusta poco jugar a esto que los italianos llaman tutólogo, de tuto. Los que opinan sobre todo.

• ¿Obsesiones?
–Soy bastante obsesivo, como mucha gente. Cuando me gusta algo, me dedico obsesivamente a ello, pero hay una obsesión mayor que cabalga sobre todas las demás, que es la edición y que reúne múltiples obsesiones en ella misma.

• ¿Algo que quiera agregar?
–Después de esta entrevista, me alegro de que termine. Pero me lo he pasado muy bien.


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