La obra de Kafka denuncia un mundo legal que sobrepasa a la persona, condenándola a pesar de la ignorancia de su situación.

 

 

El proceso y la forma jurídica: un acercamiento al sentido de
la legalidad en Kafka


José Alberto Moreno

Sometido a un juicio, Josef K. desconoce el delito que se le imputa. El relato de un proceso penal hecho por Franz Kafka en “El proceso”, en una primera instancia rompería con la lógica legal de la modernidad: un sujeto es imputado por un crimen que desconoce y para el cual no existe tipología. Desde la perspectiva jurídica el juicio de K. es un absurdo, porque no se debe perseguir un delito que no existe y –por esa razón– no se encuentra en los códigos. Más allá del absurdo, Kafka somete a su protagonista a una experiencia legal moderna, en donde éste es sometido a un juicio ante un monumento legal, construido en base a una multitud de leyes y de códigos que nacen y se reforman ante la impávida e ignorante mirada del ciudadano.

No obstante, la ignorancia de K. ante su situación jurídica no lo exime de la culpabilidad. En contraste con la legalidad del Antiguo Régimen en donde se enjuicia el caso, Josef es enjuiciado por un delito que se encuentra estampado en la ley. Para él no valen sus circunstancias e ignorancias, únicamente la presunción de culpabilidad de un delito desconocido. El absurdo no nace en el texto del relato, nace en el corazón mismo de la estructura legal moderna: el principio de no exención por ignorancia. La Ley debe imperar aunque el ciudadano la ignore. La Ley, suprema autoridad en un estado de derecho, se encuentra elevada por encima de los ciudadanos. A diferencia del Leviatán soñado por Thomas Hobbes, con una ley que preserva la convivencia de la comunidad, el sistema legal al que se enfrenta Josef K. regula al individuo evitando comportamientos perversos en contra de otros individuos o contra sí mismo.

El proceso ha sido analizado –hasta el lugar común– como un relato acerca de una burocracia temible, mientras se ha dejado de lado el panorama legal que describe el juicio de K. La obra de Kafka denuncia un mundo legal que sobrepasa a la persona, condenándola a pesar de la ignorancia de su situación. El proceso es un alegato en contra de una forma jurídica de organizar a la sociedad por medio del Estado de derecho, una denuncia en contra de una ingeniería legal en aras de controlar la actividad humana, pero sin detenerse a preguntarse por lo estrictamente humano. El absurdo consiste en regir al hombre por medio de una ciencia -la jurídica, en este caso- cuyas pretensiones se asemejan a los estudios naturales, intentando elaborar presupuestos sobre el comportamiento humano, observándolo bajo un paradigma del Deber Ser frente a una realidad que no encaja en supuestos morales.

La ciencia jurídica –saber que nació a inicios del siglo XIX con la codificación napoleónica– se erige en la guía máxima de análisis, investigación y enjuiciamiento ontológico de la época moderna. Mientras el derecho durante el antiguo régimen se conducía por el paradigma de la distribución de justicia, la forma jurídica producto de la revolución francesa entroniza el cumplimiento de la ley, entendiendo a la ley como la cumbre del Deber Ser y el mayor acuerdo para la concordia social. Si Josef K. hubiera sido enjuiciado a finales del siglo XVIII, su desconocida falta tendría un trato legal más cercano al pecado, en donde la expiación estaría por encima del castigo; la trasgresión de la falta se impactaría en el alma del enjuiciado, poniendo en riesgo su salvación eterna. No obstante, K. se enfrenta a un proceso por una falta que se tiene como una amenaza a la sociedad; el protagonista no es un pecador. Es un delincuente, cuya redención consiste en reformarse para contribuir a la comunidad contra la que ha atentado.

Resulta paradójico que mientras el antiguo régimen observa al delincuente como una persona cuyas circunstancias lo condujeron a infringir, el derecho moderno presupone al delincuente como un monstruo cuya falta está en contra de la sociedad, imponiéndole un carácter comunitario durante una era que se anuncia individualista.

Damián Andrade, 22.
 

Frente a la agresión social que implica un delito, el castigo se impone a un individuo con el objetivo de reformar su conducta y reinsertarlo a la misma sociedad que lo condena. El castigo es la consecuencia lógica de un proceso jurídico y se ocupa tanto por su pedagogía (para evitar el crimen) como un medio reparador ante una falta. El castigo corporal y público utilizado por el antiguo régimen para adoctrinar súbditos es sustituido en la modernidad por la prisión y la vigilancia constante que impedirá la reproducción del crimen. Simpáticamente Kafka juega con dos dimensiones del castigo para sus personajes: los castigos corporales símbolo del escarnio y la propia infamación de ser expuesto ante un tribunal por un delito desconocido.

El episodio en donde K. encuentra a los agentes que lo detuvieron (Franz y Willem) prestos a ser azotados por un tercero, es un ejemplo patético del uso de la economía del castigo. La queja del protagonista ante el juez de instrucción por el trato que recibió en casa, se traduce en una escena en donde los victimarios se quejan por el castigo que recibirán, invirtiendo su sentido real. Los azotes no sólo borran un cambio de actitud, sino establecen un patrón de la relación entre el acusado y sus enjuiciadores. El acusado es capaz de revertir las fuerzas jurídicas y lograr castigar a quienes lo importunaron llevándolo ante la justicia. Los argumentos de los agentes para rechazar el castigo se basan en la queja misma: si Josef no hubiera denunciado el maltrato, no habría delito que perseguir. La paradoja es clara: no existe el delito, sí no es denunciado. Sin embargo, contradice la idea de la ley como rectora del comportamiento; porque aunque no se denuncie, el delito debe perseguirse. El castigo se vuelve una farsa, porque el presentar una denuncia si bien garantiza el castigo, no asegura el cambio en el comportamiento; planteamiento que nos conduce al sentido del proceso y del relato de Kafka.

La posibilidad de castigar un delito no especificado, pero que existe es el centro argumentativo de El proceso. No importa si el delito se llevó a cabo o se imaginó, el sentido de la trama es el castigo. Lo que Kafka pretende ilustrar es el sentido del castigo para la sociedad moderna, en donde castigar equivale a educar y señalar la monstruosidad del criminal. Josef K. es un monstruo que cometió un delito no establecido, el cual debe servir de escarmiento para quien intente cometer aquello que jamás se llevó a cabo. La represión afecta hasta lo no cometido.

Al igual que el proceso de interiorización de la economía del castigo, el conocimiento de algo que altera el Deber Ser social antecede al crimen. El castigo por un delito no cometido es equiparable al miedo por el castigo, jamás por el temor de cometer un acto ilegal. K. no está seguro de cuál es el crimen por el que se le enjuicia, pero intuye que debe ser castigado, por ello no opone resistencia para ser apuñalado. Sabe que debe ser castigado, el delito es irrelevante al igual que el juicio, lo único que cuenta es convertirse en un ejemplo infame para educar a la sociedad en general, sobre todo evitando que se cometan crímenes no especificados como el suyo. La vergüenza que le sobrevive no es por ser un delincuente, es por obligarse a vivir bajo el imperio de las leyes.


Todos los derechos reservados a K, Literatura Arte y Pensamiento
Revistra estacional Primavera 2007
K es diseñada por libelulavisual.com.mx