Kafka
en Otranto
María Negroni
Al
fin hemos alcanzado el patio de la eternidad.
Una muerte más y veremos a Dios.
Jean-Paul
En
su ensayo “Kafka y sus precursores”, Borges hurgó
en la literatura para encontrar parentescos con el autor de
El proceso. Su lista –me parece– admite agregados,
al menos en relación a El castillo. El primero es un
escritor de Moravia, Johann Amos Comenius (1592-1670) que, en
su libro El laberinto del mundo y el paraíso del corazón
(Swann Sonnenschein & Co., Londres 1631), imaginó
a un peregrino ansioso, lo flanqueó de dos ayudantes
paródicos y lo lanzó a la búsqueda de un
castillo de la Fortuna, saturado de puertas y habitado por distintos
gremios, entre ellos, el de los agrimensores. El segundo es
Giovanni Piranesi (1720-1778), cuya visión de un mundo
matemáticamente infinito donde los seres habitan como
fantasmas minúsculos, es afín a Kafka y tiene
el mismo efecto hipnótico. El tercero no es, en sentido
estricto, un precursor pero enriquece, calcándola, la
pesadilla “kafkiana”. Me refiero a Beckett. ¿Cómo
no pensar en Watt cuando se lee El castillo? ¿Cómo
no ver en su intento de penetrar el misterio de Knott (fonéticamente
en inglés, “No”) una amistad con K.? Si no
me equivoco, hay en esa novela de Beckett una opresión,
una búsqueda y un fracaso similares. Ambos relatos carecen
de serenidad, ambos parodian el amor cortés expresándolo
en fragmentos grotescos, ambos mezclan el orden sexual y burocrático
inscribiendo los misterios de la “reverencia” en
una gramática del poder sutilmente enlazado a la divinidad.
No necesito explayarme en diferencias. Me interesa tan sólo
retener que la pasión de Job, esa metonimia que la literatura
sapiencial forjó con el alma abandonada a la arbitrariedad
de Dios, late en ambos textos con la fuerza de un talismán:
no sólo es común la rebelión contra el
“salario del impío”; lo es también
el mundo, visto en la urgencia de su indefensión.
La
pregunta puede sonar excesiva. ¿Es posible leer El castillo
como una huella gótica, un resabio de Otranto? ¿Cómo
se expresa en Kafka la gangrena negra? ¿Qué criptas
son la sinécdoque de cuál subversión?
En
un paisaje de nieve, hay una aldea sin nombre. A ella llega
un día un hombre común. El castillo –afirma–
lo contrató como agrimensor. Los aldeanos miran al recién
llegado desde sus rostros pálidos. No hablan (cuando
lo hacen, pareciera que coinciden en un sueño). ¿Dónde
estamos? Hay teléfonos, pero los aparatos transmiten
ruidos cacofónicos. Cierta ineficacia medieval. La burocracia
tecnológica, un poco a la manera de los cuadros de Bruegel
o Vermeer, proyecta una luz oscura. Volverse anacrónico
es un arte, sugeriría Tarkovski. Entre la abstracción
metafísica y las obsoletas palanganas de lavar, entre
el detalle hiperconcreto y la belleza irreal de las audiencias
nocturnas, el tiempo ha logrado escabullirse. No hace falta
mucho más. Al lado del frío y la miseria, algunas
casas dispersas, una escuela, dos posadas, cruces sobre la nieve.
Una coreografía de réquiem. Tal el corredor funesto
por donde los personajes, litigantes sin historia o marionetas
vestidas de pompas fúnebres, como cuervos sobrevolando
su propia saga paralítica, se mueven en medio de un ir
y venir de carruajes y funcionarios con legajos.
Toda
escena obsesiva, se sabe, fomenta lecturas obsesivas. Las interpretaciones
se multiplican. Tal vez estamos frente a una nature morte que
invita a inferir los hechos de un desenlace ya ocurrido al inicio
de la narración. A lo mejor, a la manera del protagonista
de “Un sueño que ve su propia lápida”
o de Gracchus, el cazador que no podía morir, al comienzo
de la trama, K ya ha entrado en la muerte y la novela es una
pesadilla mortuoria en la cual no faltan las jerarquías
ni se puede huir de ellas, porque en el más allá
(como en la vida) es imposible huir de aquello que se ansía.
O bien, a Kafka le interesa otra cosa: la visión del
aparato administrativo del castillo como facción de maleantes
que tiene a su cargo el catálogo eterno de los muertos.
O bien, sugerir que la muerte es sólo una fase en una
cadena de errancias interminables y el castillo, el centro imaginario
de esa errancia y por eso, el anhelo mayor de K. es habitarlo,
rendirse, renunciar, diría Freud, al impulso disociador
y vital. “¿Qué podría haberme atraído
a este país desolado sino el deseo de quedarme?”
pregunta K. Esta última hipótesis (la que postula,
en suma, que la muerte no sobreviene, es) sugiere cosas. Kafka,
sin duda, la habrá calculado y acaso pensó en
K. como una parodia de Eneas bajando a un Hades esquivo.
El
11 de junio de 1914, cuando tenía 31 años, Kafka
escribió en su diario un esbozo para El castillo, titulándolo
“Seducción en la aldea”. Poco después,
en el mismo Diario, anotó tres frases: “La posibilidad
de disponer de un mundo, despreciando sus leyes. La imposibilidad
de la ley. La dicha de esta fidelidad a la ley”. En esta
seguidilla paradojal, está contenido todo: las pulsiones
secretas, los anhelos incompatibles, el callejón sin
salida de la materia “kafkiana”. Hay una triple
modulación. Primero, se postula que la ley existe y se
juega con la idea de infringirla. Segundo, se sospecha que la
ley no existe, con un dejo melancólico. Tercero, se comprueba
con espanto que, bajo las máscaras de la rebelión
y el abandono, el anhelo ha sido siempre la sumisión.
(Esto último explica por qué, cuando al torturado
de “En la colonia penitenciaria” se le inscribe
en el cuerpo la consigna “Honra a tus superiores”,
el rostro se le ilumina). La fe, podría decirse, aparece
en Kafka como una disonancia: no hay más remedio que
estrellarse, ayudar a construir el laberinto, oscilar perpetuamente
entre el padre cuestionado y el padre imposible, y después
acabar como Gregorio Samsa, abandonado entre trastos, con una
manzana podrida clavada en la espalda. La fe, en Kafka, desemboca
en una poética del desencuentro.
Si
El castillo está anunciado en textos previos de su autor,
nunca la afinidad fue tan intensa como en “La edificación
de la muralla china”. Se recordará: quienes trazan
la muralla en el cuento son también dibujantes de fronteras,
es decir, seres abocados a una empresa desmesurada e ilusoria,
como los cartógrafos de “Del rigor de la ciencia”.
Toda la temperie emocional de El castillo está allí
en miniatura: el clima de equívoco esencial, lo inescrutable
de las órdenes que emanan de la Dirección, la
muralla, tan impensable como el peligro (y acaso tan irreal),
la percepción rezagada y falaz que, de la realidad, tienen
los habitantes de una aldea perdida en los confines del reino,
la incerteza de esa cadena tenebrosa que remite siempre a lo
invisible (otra Dirección detrás de la Dirección,
como otro castillo detrás del castillo u otro oficial
detrás de Klamm), el desamparo desahuciado en que se
debate esa autoridad agitada por “ansiedades gigantescas”
que exceden en mucho “nuestros pequeños quehaceres”
y, por fin, como en sordina, el pasmo y la oscilación
de quien se para ante una ley siempre elusiva, como si buscara
algo imposible: conciliar la veneración más profunda
con la más deliberada falta de veneración.
A
Bataille le cabe el mérito de haber leído, en
La literatura y el mal, esta ansiedad filial como una refutación
de toda actividad. Bataille quería explicar (y celebrar)
por qué Kafka y el comunismo han sido siempre incompatibles.
Para ello, utilizó la biografía. No es que le
interesara gran cosa la relación de Kafka con su padre
real pero vio, en la oposición del hijo a la practicidad
del padre, un atajo para elogiar la gratuidad del juego y la
soberanía de la muerte que reinan en su literatura, esa
oposición sin tregua a las formas serviles del relato,
esa laceración sin forma, donde todo objetivo está
ausente (salvo la muerte, que busca nada, quiere nada) y donde
un árido erotismo se entrevera con ataques a la burocracia
y a la pseudojusticia, no para instigar la revuelta sino para
afirmar, más bien, un colapso de lo humano. Los problemas
de Kafka, tiene razón Bataille, son problemas postrevolucionarios:
tienen que ver con la disonancia, el anonimato, la reflexión
apasionadamente fría y, en la base de todo, simultáneos,
el ansia de pertenecer a un orden cualquiera y la cabal futilidad
de tal deseo.
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En
resumidas cuentas, el padre es, en Kafka, una ausencia.
O, lo que es igual, una ostentación indescifrable.
Un negocio en el que se pierde siempre. Sobre todo cuando
se quiere, como en el caso de K., ser admitido y querido,
sin perder la autonomía y el derecho a disentir.
Por su parte, frente a un hijo temeroso de que el deseo
se le cumpla, el padre se sustrae bajo su propia metonimia.
Está incomunicado o “perdido”, como
el Emperador de “La edificación de la muralla
china”, cifrado –como Dios– en un código
enigmático: la ley, la inconcebible jaula del texto
que lo contiene sin contenerlo, como a un pájaro
preso afuera de su prisión. Esta paternidad de
leyes inapelables, quiero decir, tiene también
su pena. Su exilio y desamparo preceden al nuestro. Su
afán de traducirse en palabras pone al desnudo
la necesidad de una exégesis, desmiente el presunto
consuelo de la omnipotencia. |
Guillermo Schulz, Sin
título. |
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Que
Harold Bloom haya podido pensar El castillo como “una
nueva cábala judía” tiene que ver con esta
pesquisa epistemológica. No hay que olvidar que K., enfrentado
a esa implícita visión de la escritura como mundo
y del mundo como escritura, como lector ambicioso que es, quiere
conocer la autoridad, develar los enigmas que el Texto se ha
dedicado a velar. De ahí, su respeto y fascinación
por los papeles oficiales, las firmas, los biblioratos, la distribución
de documentos, los protocolos y comunicados oficiales, los sellos
del castillo. De ahí que cuelgue la carta primera de
Klamm en su cuarto, como un ícono, en una suerte de canonización
del papel. De ahí, por fin, su devoción a todo
aquél que tenga alguna relación con la textualidad,
como Barnabás, ese mensajero más bien ineficiente
que, sin embargo, va vestido de blanco como dispuesto a dejarse
imprimir los improbables mensajes de Klamm.
La
suya, sin embargo, no es la única reacción posible
frente a los acertijos del castillo. En ese clima de azar confabulado
que es la aldea, habitada por seres adictos a una dialéctica
de sexo, mediocridad y poder (como si la realidad ya hubiera
cicatrizado en ellos), también se puede actuar como Amalia,
es decir, no actuar en absoluto. Amalia, la hermana de la prostituta
Olga y del mensajero Barnabás, se ha atrevido al desacato
y ahora soporta con estoicismo la cuarentena y el exilio interior.
Amalia es la opositora, la “sirena” que insoportablemente
no canta, la reclusa cuyo silencio grita y, al gritar, cuestiona
–podría decirse– la autoridad patriarcal
del castillo pero, sobre todo, invalida las reglas de juego.
Porque Amalia rechaza lo textual de tal modo que ni siquiera
narra su propia historia, para evitar sumar otro texto a la
cadena semántica que ella, con su silencio empedernido,
niega. Y así, al no hablar, hace durar su oposición
a cualquier interpretación, reniega de las estructuras
detectivescas del discurso y se vuelve, ella misma, una alternativa
textual-sexual del castillo.
Podría
esperarse,
por eso, que K. la buscara como aliada. Pero no. K. prefiere
identificarse con Olga y demorarse en la búsqueda de
un perdón que no llega. K., ya lo dije, ansía
ser parte del sistema, incluso conseguir alguna jerarquía,
y por eso se desvive por hallar el mé- todo interpretativo
correcto, encontrar esa metáfora que podría permitirle
hacer frente a la muerte. Y así ambos personajes quedan
separados: Amalia enfundada en su aislamiento, K. en su deseo
de inclusión, acaso para poner más de relieve,
si cupiera, la equivalente ineficacia de la conducta de ambos.
Por su parte, la novela se construye en el movimiento pendular
entre esos dos extremos de la tragedia y el des-concierto humanos:
al optar por la ausencia de una perspectiva omnisciente y abrumarse
en largas conversaciones contradictorias donde privan la especulación,
el subjuntivo y múltiples napas narrativas sin que ninguna
verificación concilie, Kafka propone, como Amalia, la
necesidad de romper con los sistemas textuales tradicionales
sin dar, por ello, alternativas. De ese modo, más allá
de lo heroico y de su antídoto, la humillación,
se logra hacer persistir la única verdad que cuenta,
la sombra que el castillo proyecta sobre el mundo.
Esta
desesperanza radical del texto –que es también
insuficiencia de lo escrito– es el puente que une a Kafka
con el impulso gótico. El castillo como enclave del mal,
la autoridad irrebatible de lo arcaico, el rencor filial o la
condena a ser eterno hijo entre mujeres resbaladizas, el soterrado
murmullo sexual, la soledad del protagonista, la música
nocturna de lo onírico (ese declive al dormirse que comparten
K, Klamm y los demás funcionarios), los climas blancos
del frío, todos ellos tópicos infaltables del
género, figuran en esta trama sin apuro. Con este agravante:
a diferencia del héroe gótico tradicional, K está
afuera del castillo. Excluido, incluso, de los vericuetos del
mal como si el mal consistiera, aquí, precisamente en
su imposibilidad. Dicho de otro modo, K. representa el grado
cero de la exclusión ya que, al estar invertida, la maquinaria
gótica no sólo escamotea el castillo como ley,
amputando toda posibilidad de rebelión sino que anula
cualquier impulso regresivo, la vocación innata a refugiarse
en esas guaridas de lo suprimido que persisten siempre en su
interior.
Nadie,
en suma, más desamparado que K. Al agrimensor, sólo
le quedan esas tenues imágenes de algún presunto
hogar pasado que se le aparecen cada vez que se acerca al castillo.
Ni siquiera dispone del consuelo de otros huérfanos.
Más abandonado que el vampiro, que puede todavía
reponerse en los ataúdes de tierra materna donde duerme;
más desahuciado que Hamlet, que atesora el aguijón
vital de la venganza; más renegado que Edipo, que logra,
aunque sólo sea un instante, suplantar al padre, K. es
el desterrado terminal. En Kafka, me parece, el principio jerárquico-burocrático,
que coincide con el vacío de Dios, es el telón
de fondo de una alianza perversa: el imponente edificio de la
ley (paterna) y los secretos de la noche material (femenina)
parecen confabularse aquí en aras de un despojo absoluto.
La condena, para K., es ser a perpetuidad un niño hambriento
de lo que nunca tuvo, un extranjero sin memoria y sin nombre,
un paria carcomido por un malentendido, con un reclamo que ni
siquiera sabe válido y que acabará por olvidar
o no olvidará, con idénticos resultados. Esta
figura de expatriado, claro, es también un alter ego
del escritor como eterno errante del sentido.
El
castillo, lo sé, admite múltiples lecturas. Hay,
en su alegoría deslumbrante, una intención política;
un posible retrato de artista desesperado, incomprendido por
su público, a la manera del “artista del hambre”;
una parodia o epílogo del amor romántico; una
reflexión vertiginosa sobre el problema del Mal; una
reescritura de las iluminaciones de Isaac Luria o, incluso,
de las herejías cátaras que hicieron del mundo
una posesión del Gran Arrogante; una saga tediosa del
alma contra una plaga satánica; una teogonía negativa
que ubica a Klamm, como lord de un vacío cósmico,
en el centro de una creación claustrofóbica; una
reflexión sobre el arte y la vida, la literatura y el
silencio. Yo tan sólo quisiera sumar la conjetura filosa
de la gótica.
En
uno de sus hallazgos menos conocidos, Beckett escribió:
“No matter. Try again. Fail again. Fail better.”
(“No importa. Intenta otra vez. Fracasa de nuevo. Fracasa
mejor.”). Kaf-ka hubiera celebrado esa frase. Se sabe
que no toleraba “lo horroroso de lo meramente esquemático”
y acaso vio en la fisura, el desplazamiento y la disonancia
que siempre instaura la muerte –el abrazo con la sombra
del propio enigma– una manera de preservar el oxígeno
de la incerteza, de evitar el ahogo de una única interpretación.
Por eso, sus relatos abren incansables grietas en el tiempo
lineal y apuestan a la derogación de la razón
y de la lógica, en la búsqueda de una lectura
crispada por evitar la inercia de los significados clausurados.
En este sentido, el gótico en Kafka no sólo es
extremo e invertido. Es, sobre todo, un gótico en clave
metafísica que hace del fracaso su modo más lúcido
de circulación en el mundo, y de la literatura inestable
su más laboriosa inspiración.