Resonancias
de Kafka en la obra de Elías Canetti
José Prats Sariol
“...las
guerras íntimas, donde la paz sólo es la que uno
puede desear para sus cenizas”.
Franz Kafka (carta a Felice Bauer).
Sobre
las referencias que retroceden de El otro proceso de Kafka (1969)
a su única novela: Auto de fe (1935), sobre la diáspora
judía y el asedio escéptico a la conciencia, se
evidencia que Elías Canetti sería poco aprehensible
sin la lectura del atormentado autor pragués. Me propongo
conjeturar algunas analogías.
Ignoro
en qué mes de 1924 regresó Canetti a estudiar
química a Viena, pero ese mismo año y muy cerca,
en el sanatorio de Kierling, moría Kafka de tuberculosis,
el 3 de junio, un mes antes de cumplir 41 años. Canetti
entonces apenas tenía 19 –viviría casi 90–,
pero ya había dejado el sefardí materno y el búlgaro
por el alemán, como Kafka el checo de su ciudad natal
por la lengua dominante en la región. Lo interesante
es que ambos, al optar por el alemán, experimentan un
extrañamiento hacia la palabra, una distancia con respecto
al medio de expresión.
Cualquiera
puesto a escribir en otro idioma lo sabe, pero la intensificación
connotativa de la literatura recrudece los retos, al añadir
en algún grado cierta sensación exótica,
ajena, quizás animadora de los signos lingüísticos.
Kafka y Canetti –por lo menos bilingües–, coinciden
en su relación con el idioma, lo experimentan fuera de
la norma lingüística de la cual provienen, a lo
que se añade la relación –obre todo de Kafka–
con el yiddish, y la familiaridad de ambos con el hebreo.
A
un costado decisivo de tales analogías, está un
decisivo punto de coincidencia entre los dos autores judíos:
la actitud lejana de veleidades o compromisos con las autoridades
establecidas, en cualquiera de sus encarnaciones. Mark Lilla
no podría incluir a ninguno de los dos entre los penosos
casos de intelectuales filotiránicos. Ellos no podrían
acompañar nunca a Martin Heidegger, Carl Schmitt, Walter
Benjamin, Alexandre Kojéve, Michel Foucault y Jacques
Derrida. “La seducción de Siracusa” jamás
pudo tentar a Kafka y Canetti.
Los
dos estuvieron conscientes de los factores que convierten a
los intelectuales en borregos. Canetti lo argumentó con
nitidez en Masa y poder, y también en los tres volúmenes
de su autobiografía: La lengua absuelta, La antorcha
al oído y El juego de ojos. Ambos rechazaron las prácticas
despóticas, sin excluir –desde luego– las
derivadas de uno mismo contra sí mismo. Unos cuantos
aforismos de Canetti son muy explícitos sobre las modalidades
coercitivas. Kafka lo hace primero, de modo implícito,
sobre todo en El castillo y en El proceso. Isaiah Berlin podría
haber aducido sus textos como clamores a favor de la diversidad
y el pluralismo. Ninguno aceptó que ante los interrogantes
morales y políticos haya una sola respuesta. Sus respuestas
a la modernidad enajenante –pesimista en Kafka, quizás
hasta frisando el nihilismo– nunca jugaron con la ilusión
perversa de que el fascismo o el comunismo fueran a solucionar
nada. La historia no la concibieron “hegelianamente”
como construcción, salvo como un empedrado camino conducente
a entrar, al menor descuido, “En la colonia penitenciaria”.
Los
mejores estudios y biografías de Kafka –Brod, Bradbury,
Citati, Unseld– coinciden en la repulsión a las
variadas formas de tiranías –su padre representa
la menos significante– que siempre experimentó
el abismal autor de La metamorfosis. Víctima de sus propias
limitaciones, el insecto en que Gregorio amanece convertido
tranquilamente, también es producto de la represión
social, no sólo de las que corresponden a sí mismo
y a la familia, al trabajo cosificante y la rutina irrompible.
La
tragedia del reconocimiento, sin embargo, a la vez causa lástima
y asco, genera conmiseraciones y repulsión. Lo mismo
producirá Ezra Pound cuando vio en el fascismo la redención,
anhelo a situar en creencias religiosas o en la conciencia de
cada hombre, utopías sociales que al parecer siempre
desembocan en holocaustos, sin cielo y con infierno, como aún
ocurre en países –Cuba o Corea del Norte–
alejados de la siempre lenta, frágil y engorrosa democracia.
Canetti
sigue muy de cerca la atormentada saga. Auto de fe podría
considerarse la más kaf-kiana de las novelas alemanas
del pasado siglo, mucho más que la deuda de Kafka con
las del enajenado caminante suizo Robert Walser. Los trasvases
–intertextualidades y demás– entre “Una
cabeza sin mundo”, “Un mundo sin cabeza” y
“Un mundo en la cabeza” –las tres partes de
Auto de fe– con la obra narrativa de Kafka, despiertan
curiosidades, acuciosidades. Las reflexiones que suscitan no
sólo conforman un “espíritu de época”,
sino que multiplican la fuerza de la lectura, pues constantemente
la analogía guiña el ojo; un ojo sibilino, enrevesado,
abisal.
El
personaje central –Kien– sería extravagante
sin los más fuertes personajes de Kafka, la atmósfera
de apartamento del orientalista rodeado de sus anaqueles de
libros –estricta y pulcramente ordenados– sería
extravagante sin los ambientes opresivos y laberínticos
de Kafka. Las inalterables costumbres de Kien y la relación
con su criada Teresa Krumbholz serían extravagantes sin
las cotidianidades “kafkianas”, siempre a punto
de perder rumbos, asideros...
El
final de la novela tampoco escapa. Los pies se le volverían
de plomo sin las incertidumbres que Kafka abrió para
la literatura contemporánea, al punto de acuñar
el adjetivo de su propio nombre. Si ninguna persona, medianamente
culta del mundo occidental puede prescindir hoy de lo “kafkiano”,
mucho menos Canetti hace ochenta y tantos años. El título
de la representativa Auto de fe recrea las nuevas ceremonias
de ejecución. Las labores inquisitoriales que el Estado
–en primer lugar– a través de medios coercitivos
brutales o sutiles ejerce con saña contra disidentes,
contra cualquier forma de herejía y de pecados que subviertan
las normas. La iglesia católica celebró siempre
con gran publicidad –solemne y ritual– cada auto
de fe, cada ejemplarizante ceremonia judicial contra los desviados.
Se conservan escalofriantes grabados donde la procesión
de los condenados en las plazas públicas, antes de la
ejecución de la sentencia, reflejaban su terror más
que su arrepentimiento. Las dulces llamas de la hoguera se encargaban
inmediatamente de concluir el escarmiento. Y baste recordar
que entre 1481 y 1808, más de 340,000 personas sufrieron
el proceso: 32,000 fueron quemadas en autos de fe.
El
capítulo final de la novela, como su título, merecen
a posteriori el adjetivo de “kafkianos”. “El
gallo rojo” –colofón narrativo– se
inicia aislando, taponando, clausurando: “Peter cerró
el apartamento con llave al salir su hermano. La puerta estaba
asegurada por tres cerrojos complicados y gruesas barras de
hierro. Las sacudió: no se movió un solo clavo.
La puerta entera parecía hecha de una sola pieza de acero:
uno se sentía en casa detrás de ella”.
El
suicidio del Dr. Peter Kien, el incendio de la casa a partir
del Theresianum –atizados por una veloz sintaxis que el
traductor al español, Juan José del Solar, logra
imitar–, la locura ante los demás producto de la
agorafobia del eminente sinólogo, la acumulación
de indicios maníaco depresivos en cada una de las habitaciones
del apartamento, el avance inexorable del fuego sobre el personaje
y su querida biblioteca, terminan en la oración final:
“Cuando por fin las llamas lo alcanzaron, se echó
a reír a carcajadas como jamás en su vida había
reído”.
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Fiel
a su título, la novela también es fiel al
recrudecimiento del tópico romántico del
rechazo a la sociedad, que en las primeras décadas
del pasado siglo tiene en la obra de Kafka su más
fuerte voz. Canetti –como demostrará en su
posterior obra de filósofo social– ya tiene
aquí plena conciencia de que la relación
del individuo con las circunstancias se ha convertido
en un Auto de fe. Sobre todo si ese individuo es un intelectual,
para colmo perteneciente a una minoría que desde
hace milenios ha sufrido la diáspora y la envidia,
el abroquelamiento en sí misma y la represión
sanguinaria. Su personaje es digno de Kafka. Kien perfectamente
podría haber aparecido una década antes,
cuando “El proceso” pasa a engrosar los manuscritos
terminados que Max Brod rescataría, contraviniendo
la orden del autor, y publicaría en inestimable
decisión. Y otra década antes (1915) la
hoguera de Kien también pudo ser una metáfora
de Gregorio Samsa, otro modo de metamorfosis.
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La
última foto (1923-1924). |
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Por
supuesto que El otro proceso de Kafka va a señalar desde
su publicación la otra evidencia explícita, desde
la edición príncipe en 1969 (Carl Hanser Verlag,
Munich) hasta la primera en español de 1976, traducido
por Michael Faber-Kaiser y Mario Muchnik, el imponente y tenaz
editor. Las cartas a Felice Bauer –impresas en un grueso
volumen de 750 páginas–son el objeto de estudio.
La perspicaz reflexión crítica, caracterizadora
del chocante, genial narrador, no sólo echa abajo algunos
tópicos repetidos hasta el hastío, sino que infiere
de las cartas un retrato hondo de Kafka, una imagen donde lo
ontológico no sucumbe ante el ágora.
Canetti
demuestra ser un conocedor al detalle de su admirado escritor,
la información que maneja es indubitable, digna del más
acucioso biógrafo. Claro que la narración de las
peripecias entre Franz y Felice parten de las cartas, pero sólo
una holgada familiaridad con la obra, la vida y la época
puede cualificar el recorrido, puede enunciar sesgos característicos.
Hay consenso en que El otro proceso de Kafka es una imprescindible
investigación sobre el miedo y la indiferencia, pues
como se anota en la contracubierta: “Ningún escritor
ha representado mejor que Kafka el drama de nuestros tiempos
ni sufrido tanto de sus dos características esenciales:
la indiferencia y el miedo. Todo ensayo sobre Kafka es, por
ello, un ensayo sobre el mundo en que nos toca vivir”.
¿Miedo?
¿Indiferencia? ¿Acaso no son también las
hidras que acosan a Canetti? ¿Qué le motivó
a escribir este largo ensayo? ¿Podría estar en
un apunte de El corazón secreto del reloj, correspondiente
a 1975, cuando al hablar de Walser remite a Kafka, y dice que
“las complicaciones de Kafka son las del emplazamiento?
Su tenacidad es la del aherrojado. Se vuelve taoísta
para sustraerse”, es decir, cuando se compara con ellos:
“Robert Walser (...) es todo lo que yo no soy: desvalido,
candoroso, veraz (...) Quiere ser pequeño, pero no tolera
que lo acusen de pequeñez”, como los personajes
de Kafka, me atrevería a añadir
Analogías
a un costado –decisivo, por cierto–, limito mis
especulaciones a una frase –aforística, de las
que Canetti fue siempre un adicto voraz–, perteneciente
a El otro proceso... Allí asevera: “Toda vida que
uno conoce a fondo resulta ridícula. Cuando uno la conoce
todavía mejor, resulta sería y terrible”.
Aunque se refiere al conocimiento que Kafka tuvo de Felice,
también puede ser válida para la obsesión
de Canetti por su venerado narrador.
A
través de la relación entre los novios se descubre,
poco a poco, la aversión de Franz hacia el establecimiento
de cualquier tipo de compromiso que pusiera en riesgo sus márgenes
de libertad personal. Amor-odio, dueño de su paradoja
existencial, se dedica con saña a erigir obstáculos
entre él y Felice, a inventarse excusas y pretextos,
a buscar razones para no consumar la relación que, de
seguir su curso, hubiera culminado en matrimonio: otra sujeción
para una personalidad frágil, tan desvalida, candorosa
y veraz como la de Robert Walser.
La
copiosa correspondencia argumenta que “el diálogo
de Kafka era con él mismo, como siempre hizo hasta en
el enajenado empleo donde se ganaba la vida”, según
advierte Brod. Sus celos dan muestra inequívoca de una
inseguridad que a la vez señala egoísmo y necesidad
de reconocimiento, a pesar de que los envuelva con astucias
retóricas en ironías auto conmiserativas. Franz
le escribe a Felice: “Me siento celoso de todas las personas
que citas en tu carta, las que nombras y las que no, de los
hombres y las muchachas, de los comerciantes y los escritores”.
Como le ha enviado Contemplación, en la siguiente carta
le confiesa: “No creo que haya nadie que sepa qué
hacer con mi libro, soy y he sido consciente de ello, me atormenta
el sacrificio en esfuerzo y dinero que ha realizado un editor
pródigo, todo a pura pérdida”. Otras cartas
refuerzan no sólo su autenticidad –vpocos seres
tan lejanos de la hipocresía– sino su miedo a las
formas de opresión, al Poder así, con una mayúscula
que enfatiza su presencia religiosa o secular –El castillo–,
y por lógica extensión a las más sutiles
encarnaciones que éste adopta sobre los sumisos y que
esgrime contra los rebeldes.
¿Qué
inspira Kafka en Canetti? Concluyo con una respuesta exploratoria,
dueña de sus dudas. “Quizás las personas
sensibles como él no sean realmente tan inusitadas; resulta
mucho más excepcional la particular lentitud de sus reacciones.
A menudo habla de su mala memoria, pero en realidad no pierde
nada. (...) Es cierto, empero, que no dispone en todo momento
y con entera libertad de sus propios recuerdos; su obstinación
se lo impide, no es capaz de jugar irresponsablemente con el
recuerdo, como los demás escritores” –afirma
Canetti al describir su afición.
Pero
quizás el centro de la admiración –después
de lo obvio, referido al talento literario y la entrega a la
escritura de Kafka– se halle en que fueron partidarios
de los humillados. Los dos mantuvieron, con ejemplar obstinación,
el rechazo al Poder en cada uno de sus aguijones. Ambos supieron
retratar con expresiva lucidez no sólo a los poderes
sociales contra la masa, sino a las ucronías, y los no
circunstanciales que asedian el alma.