Cuando me invitaron a escribir un ensayo sobre La Metamorfosis desde el punto de vista entomológico, mi tentación inmediata fue llevar acabo una indagación taxonómica e intentar resolver, de una vez por todas, la eterna pregunta: ¿en qué clase de insecto se transformó Gregor Samsa?

 

Gromphadorhina

Jonathan Darbro

 

Sabemos que se trata de un artrópodo color café, más ancho que un sillón y tan alto como la distancia que existe entre el piso y la manija de la puerta de su cuarto, pero no podemos estar seguros de que se trate de un insecto, ya que nunca se le describe con el tipo de características que distinguen a los insectos de otros artrópodos. Gregor tiene “numerosas” patas (los insectos tienen seis), y aunque al parecer carece de alas (si bien hay insectos sin alas, todos los artrópodos con alas son insectos) no queda claro que también carezca de un músculo elevador del pretarso, aquel que le permite a los insectos levantar las puntas de los “dedos” (me es fácil perdonar tal omisión a Kafka; sugerir la existencia de tal músculo a través de la prosa literaria es sin duda de lo más difícil). Su espalda está cubierta por una especie de armadura, su barriga es un domo color café salpicado con manchas blancas en un área no especificada, su cuello es lo suficientemente flexible como para permitirle voltear la cabeza (una característica muy poco común entre los insectos no pertenecientes a las mantis o las cucarachas), antenas de longitud desconocida y una sustancia pegajosa en la punta de las patas que le permite trepar por la paredes y pasearse por el techo. Aunque su vista se deteriora lo suficiente como para impedirle distinguir el hospital al otro lado de la calle, Gregor conserva una capacidad visual sorprendente para un artrópodo. Sus nuevas predilecciones gastronómicas incluyen queso y vegetales rancios en lugar de comida fresca, y su tendencia a buscar espacios cerrados para descansar constituye un caso de tigmotaxis positiva. Finalmente, sabemos que tiene una voz chillona y temblona, y suponemos que dicha voz proviene de su garganta (algo poco común en los insectos).

Mariana Ortega, Taxonomy

Algo que Gregor sí es, definitivamente, es una peste, y éstas son, por definición, un producto humano. Las cucarachas, por ejemplo, tienen orígenes evolutivos como carroñeros tropicales. Nosotros, los humanos, cuya aparición en el planeta fue muy posterior a la de ellas, hemos creado domicilios que no sólo mantienen temperaturas tropicales a lo largo del año, sino que también producen una vasta oferta de potencial carroña.

Las cucarachas, al igual que las ratas, los moscos, las palomas y otras alimañas son el resultado de condiciones ambientales creadas por nosotros, los promotores y verdugos de esas criaturas. Este ciclo de huéspedes y parásitos ha convertido a Gregor, quien alguna vez fuera el sustentáculo de su familia, en una alimaña que no tiene cabida en el nuevo hogar Samsa.

Así como la diligencia de Gregor hizo de los otros Samsa una carga parasítica, la diligencia e independencia económica descubierta por estos a raíz de la “enfermedad” de Gregor lo convierte a él en un lastre, un producto de la inicial tolerancia de su familia. La misma Grete (quien por cierto es el personaje con más predisposición a la entomología, como lo prueba su simple pero elegante experimento para determinar las preferencias alimenticias de su hermano) hace hincapié en esto hacia el final de la historia, cuando Gregor sale de su cuarto por tercera vez.

Estas elementales observaciones entomológico-literarias nos encaminan a un profundo fatalismo existencial si, al igual que muchos otros lectores antes de nosotros, optamos por interpretar a Gregor como una metáfora (o, como proponen algunos, una metáfora de una metáfora, una metonimia de una metáfora, etc.). Atrapado en un ciclo de relaciones parasíticas, donde aquello que vagamente se asemeja a una noción de valor individual es parte de un concepto utilitario, Gregor tiene unos pocos momentos de libertad (ontológica, si no necesariamente física) cuando se expresa, categóricamente, como el bicho que es. Este es el caso, por ejemplo, cuando se dedica a trepar por las paredes y el techo, experimentando con las posibilidades de su nuevo cuerpo sin pensar en el asunto. Huelga decir que, eventualmente, el mismo Gregor se siente repelido por semejantes manifestaciones de inhumanidad y hace todo lo posible por frenar sus nuevos instintos. Pero ¿es posible que estos instantes de “ser bicho” constituyan un rayito de esperanza en esta críptica y oscura fábula?

El hecho de que no se conozca insecto (o artrópodo) alguno con las características de Gregor Samsa no es nada nuevo, y hay quienes mantienen que semejante criatura es una imposibilidad. Los entomólogos, al igual que los críticos de cine de ciencia ficción, saben bien que cuando un organismo biológico crece su masa corporal se incrementa a la tercera potencia mientras que su capacidad de soportar tal masa sólo aumenta a la segunda potencia. Ergo: es de esperarse que un insecto del tamaño de Gregor no tenga más opción que desplomarse bajo su propio peso. Kafka, creo yo, estaba consciente de esto: claramente, esa es la razón por la que los músculos del pobre Gregor están continuamente adoloridos, por lo que constantemente sangra y excreta una oscura variedad de pigmentos y su respiración resulta tan trabajosa. En pocas palabras, Gregor es un artrópodo perpetuamente al borde del colapso estructural, un colapso que radica en la inherente imposibilidad de su existencia como criatura física... ¿y quizá también metafórica?

Cualquier intento por llegar a una lectura conclusiva sobre las implicaciones (tanto científicas como literarias y filosóficas) de semejante anomalía entomológica es finalmente una decisión personal.

Yo me quedo con Monterroso y su cucaracha soñadora.

Traducción del inglés de Mariana Ortega.


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