La ambigüedad de
lo kafkiano
Federico Campbell
Si la
literatura es una insinuación, algo apenas dicho y entrevisto,
por eso mismo y para muchos lectores las obras de Franz Kafka
resultan demasiado herméticas e indescifrables. Como
si Kafka fuera demasiado reticente, una voz que apenas balbucea
y sólo dice a medias las cosas para que el lector las
complete. Pero la verdad es que la insinuación kafkiana
ha llegado a ser tan bien asimilada en la vida cotidiana que,
por poco que se le haya leído, el lector más tímido
alcanza a entender que el individuo aislado e inerme ante el
Estado o el universo en muchos sentidos se identifica con Joseph
K., el personaje de El proceso. La condición kafkiana
sería ésa: la impotencia ante el Estado, el extravío
en el laberinto de todos los poderes, la imposibilidad de entender
el sentido de nuestras vidas y lo que en última instancia
vinimos a hacer en este mundo.
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Como
muchos profesionales de la literatura narrativa, no menos
que los que escriben historias para niños, Franz
Kafka se sirve de la exageración. Todo lo agranda
y exagera y lo distorsiona a partir de la realidad. Con
la figura de su padre hizo lo mismo que con todas las
circunstancias de su vida: amplificar el papel que jugó
en su vida y transformar el recuerdo infantil que tenía
de él para pergeñar innumerables páginas
literarias. O, como dice Jordi Llovet en su antología
de los cuentos de Kafka que tienen que ver con el padre:
“Pocos elementos del entorno biográfico de
Kafka tuvieron tanto rendimiento literario como el que
alcanzó la persona – hecha símbolo–
de su padre biológico”. |
Damián
Andrade, Kafka |
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Si uno sigue frecuentando los cuentos de Kafka a lo largo de
la vida cada vez los entenderá mejor y si de pronto se
topa con una “Carta al padre” en la que el hijo
se enfrenta con su progenitor, más adelante irá
relacionando esta carta con muchas de las primeras narraciones
del joven Franz, como “La condena”, en la que ante
la intolerancia y la tozudez del padre, el hijo termina por
echarse al río. Esta relación con el padre,
que no es ningún fantasma sino dolorosamente un ser humano
pertinaz y concreto, está cuidadosamente marcada en La
metamorfosis, aquella novela breve en la que Gregorio Samsa
amanece transfigurado en un monstruoso bicho. Por cierto que
ahora La metamorfosis ya no se llama así. La nueva revisión
crítica de todas las traducciones de Kafka ha establecido
que ese cuento debe titularse “La transformación”.
La novela que en su momento conocimos como América ahora
se titula El desaparecido. Kafka no quería que se le
viera demasiado la intención literaria. Si hubiera querido,
podría haber titulado este relato largo con la palabra
“metamorfosis” porque es una palabra que está
en el repertorio (en el diccionario) de la lengua alemana. Sin
embargo, y a pesar de las nuevas y muy autorizadas traducciones
del peruano Juan José del Solar, uno se pregunta si en
realidad no ha sido otro Kafka el que uno conocía o había
leído en lengua española.
Pero a lo que vamos: ¿Qué es lo “kafkiano”,
en esencia? Mucha gente utiliza el adjetivo sin saber exactamente
qué quiere decir, acaso porque también es cierto
que no es indispensable haber leído a Kafka para intuir
que lo “kafkiano” se refiere a algo angustioso,
confuso, laberíntico, como la situación de impotencia
y parálisis que caracteriza a K., el personaje de El
castillo. Sin embargo, lo “kafkiano”, por antonomasia
se encuentra en el cuento: una confusión cotidiana. Es
el relato de un desencuentro. Un hombre va en busca de otro
y no lo encuentra. Cuando llega a un cierto punto, le dicen
que el sujeto de su búsqueda se acaba de ir. Un suceso
cotidiano: soportarlo, un heroísmo cotidiano. A está
a punto de hacer un negocio importante con B., que vive en H.
A. se dirige a H. para tratar los asuntos previos, y recorre
el camino de ida y vuelta en diez minutos respectivamente; al
llegar a casa, alardea de tan singular rapidez.
Al día siguiente se dirige de nuevo a H. para cerrar
definitivamente el acuerdo. Sabiendo que la negociación
durará previsiblemente varias horas, A. sale de su casa
a primera hora de la mañana. Sin embargo, a pesar de
que todas las circunstancias, al menos desde el punto de vista
de A, son idénticas a las del día anterior, esta
vez tarda diez horas en recorrer el camino. Por la tarde, al
llegar fatigado a H., le dicen que B., molesto por su ausencia,
ha ido a buscarlo él mismo a su pueblo, y deberían
haberse cruzado por el camino. La recomiendan que espere. Pero
A., temiendo por el negocio, se pone en marcha de inmediato
y se dirige apresuradamente hacia su casa. Esta vez recorre
el camino en un instante, sin prestarle mucha atención.
Una vez en casa, le comunican que B. ya ha venido a primera
hora de la mañana, justo al salir A., y que incluso se
han cruzado en la puerta de la casa, donde B. le ha recordado
el negocio que tenían pendiente, pero A. le ha dicho
que no tenía tiempo, que tenía que salir a toda
prisa. A pesar de ese comportamiento incomprensible de A., B.
ha preferido quedarse allí para esperarle. Aunque ha
preguntado varias veces si A. ya había llegado, todavía
se encuentra arriba, en la habitación de A. Contento
de poder hablar pese a todos con B., y explicarle lo sucedido,
A. echa a correr por las escaleras. Cuando está a punto
de llegar arriba, tropieza, sufre un esguince y, casi desmayándose
de dolor, incapaz incluso de gritar, gimiendo en la oscuridad,
oye cómo B. –no sabe si desde muy lejos o justo
a su lado– baja la escalera enfurecido, a pisotones, y
desaparece definitivamente.