Lecturas de Kafka
Ramón Cota Meza
Leí
por primera vez a Franz Kafka hace más de treinta años,
influido por la interpretación entonces corriente que
lo situaba como escritor de lo absurdo, lo oscuro y lo siniestro.
Además leía en busca de significado, incapaz de
apreciar los atributos específicamente literarios de
las obras, de modo que no obtuve gran provecho. Tuvieron que
pasar muchos años para volverlo a leer sin el prejuicio
y el perjuicio de las interpretaciones heredadas. Me ayudaron
mucho la biografía Franz Kafka de Max Brod y Conversaciones
con Kafka de Gustav Janouch.
La interpretación de Kafka como escritor de las relaciones
de poder me parece correcta, aunque muy general. Más
específico es lo que las relaciones de poder hacen de
los seres humanos, y más preciso aun el mensaje implícito
de libertad y esperanza que subyace a toda su obra: “...hay
que activar a cada individuo mediante la confianza que se le
brinda. Hay que darle confianza en sí mismo y con ella
la esperanza y, por ende, la auténtica libertad. Sólo
así podremos trabajar y vivir sin considerar el aparato
legal que nos rodea como un corral humillante.”
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En
lo que he leído sobre él no he encontrado
referencias al hecho evidente de que cada una de sus obras
acomete la crítica a una rama específica
del poder político y económico. El proceso
es una crítica al aparato de justicia; El castillo
es una crítica al poder ejecutivo; América
y La metamorfosis son críticas a la organización
empresarial. Sobre el poder legislativo no escribió
ninguna novela, pero en sus conversaciones con Janouch
dijo cosas devastadoras. Esto basta para considerarlo
un autor completamente actual para nuestra circunstancia
política y económica.
Considerar
a Kafka como escritor de relaciones de poder asfixiantes
y sin salida me parece injusto. En sus narraciones el
espíritu de libertad campea en la conducta de sus
héroes o antihéroes, en su determinación
de no dejarse oprimir y, sobre todo, en su mirada irónica
y a veces arrogante sobre el mundo que los rodea. Aun
en los personajes oprimidos encontramos afirmaciones de
dignidad, como en el capítulo “Los proyectos
de Olga” en El castillo. |
Guillermo
Schulz, Sin título. |
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En
La cetamorfosis la esperanza adquiere significado en la descripción
del vientre embarazado de la hermana de Gregorio Samsa, un signo
de interrogación abierto al futuro.
Su idea de que las leyes y las instituciones públicas
y privadas se convierten en fines en sí mismos, los cuales
se vuelven contra los hombres, es explícita en sus obras
mayores. Su descripción minuciosa y precisa del aparato
de justicia en El proceso, del poder ejecutivo en El castillo
y de la organización empresarial en América lo
deja a uno sin aliento. Ese balance entre las relaciones del
yo subjetivo con el mundo es una de las mayores contribuciones
de la literatura al conocimiento de lo humano en su contexto
apropiado.
Aunque la visión de Kafka es muy amplia hacia el pasado,
el presente y el futuro, su obra demanda también ser
leída en su propio contexto histórico. La sociedad
en la que vivió, un rincón del imperio Austro-Húngaro,
era intensamente legalista. Kafka era además abogado,
así que comprendía profundamente la cruel farsa
del estado de derecho y del imperio de la ley. Escuchemos la
elocuencia de Joseph K. ante el tribunal:
“No lo dudemos, señores, (...) detrás
de las manifestaciones de esta justicia, detrás de mi
detención, en consecuencia (...) y detrás del
interrogatorio a que se me ha sometido hoy, se encuentra una
gran organización; una organización que no sólo
ocupa a inspectores venales, a funcionarios y a jueces de instrucción
estúpidos, sino que hasta mantiene jueces de alta categoría,
con su imprescindible y numeroso séquito de lacayos,
escribientes, gendarmes y demás auxiliares, tal vez hasta
verdugos, y no retrocedo ante las palabras. Y ahora, señores,
¿cuál es el sentido de esta gran organización?
Es efectuar la detención de inocentes y entablar procesos
sin razón y, la mayor parte de las veces, como en mi
caso, sin ningún resultado. ¿Cómo, en medio
de lo absurdo del conjunto de un sistema tal, no habría
de manifestarse la venalidad de los funcionarios?” (El
proceso).
La obra de Kafka también demanda ser leída en
el contexto de la globalización económica que
le tocó vivir: “A causa de la guerra, América
ha venido a Europa. Los continentes se han intercalado. Una
chispa lleva instantáneamente la voz humana alrededor
del mundo. Ya no vivimos en espacios humanamente limitados (...)
El espacio se abre como unas fauces. En su garganta perdemos
cada día un poco más de nuestra libertad de movimiento
personal. Creo que ya no tardará mucho el día
en que para salir de nuestro propio patio tengamos que disponer
de un pase especial. El mundo se transforma en un ghetto.”
(Conversaciones con Kafka, G. Janouch).
Kafka no creía en las reformas. Pensaba que todo lo
bueno que la civilización había creado era una
reacción a las catástrofes que los mismos hombres
provocaban. Asumía que todo en la vida era cíclico,
de modo que las disputas entre los humanos eran producto de
la vanidad y sólo podían ser representadas como
tragicomedias. El disparador de las desgracias es la verborrea,
la mayor irresponsabilidad en la que se puede incurrir, sobre
todo por los políticos.
La medida y precisión de las palabras era para él
el mayor deber de los humanos, no digamos de los escritores.
Jugar con las palabras es jugar con la verdad, “y el
juego con la verdad siempre es un juego con la vida.”
La elección de las palabras es un combate entre la vida
y la muerte, máxima que honró en su vida y obra.