Rebrote de Franz Kafka

José Kozer

Es una casa pequeña a dos niveles no muy lejos del río en un
callejón de Praga. En la madrugada
del once al doce noviembre tuvo un sobresalto, bajó a la cocinilla con la mesa redonda y la silla de tilo, el anafre y la llama azul
de metileno. Prendió
la hornilla
y el fuego verdeció a la vez (tres) llamas en los tres cristales de la ventana: olía a azufre. Quiso
pasar
a la salita comedor a beber una tisana de boldo y miel, corrió la silla y se acomodó delante de una taza de barro siena que
había colocado no se sabe hace cuánto
sobre el portavasos de mimbre a seis
colores, obsequio
de Felicia: y una vez más
apareció Felicia con la raya al medio, las dos trenzas y un resplandor de velas en el óvalo blanco de aquel rostro ávido de
harinas y panes de la consagración,
rostro
tres veces
una llamarada en el cristal de la ventana: apareció. Y era una vez más la niña tres veces de sus muertos, acudían
al golpe
del triángulo unos músicos de cámara y al golpe de la esquila (las tres) en el alto campanario no muy lejos del río: se
arrellanaron, diez
tazas, diez
sillas en la inmensa casona de las mansardas, la casa en que los miradores y las cristaleras (establos y galpones) se
abrían día y noche, el agua
y las esponjas
relucían. Pues, sí: era otra época y un coro de muchachas vigilaba las teteras (bullir) los eucaliptos (bullir) la mejorana y un
agua digestiva (mentas) aguas
de la respiración: todo
tranquilo (por fin) todo tranquilo, subió los escalones y vio que se tendía en el cristal de la ventana (por fin) sin una
aglomeración de pájaros
en la ventana.


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