Una pregunta muda
Serge Pey
La barbarie
es nuestro doble.
El nombre de Heidegger está habitado por su etimología
Heide (brezal) y Egg (grada).
También su filosofía.
“Aquél que grada el brezal” es un trabajador
de la lengua. El campesino, el habitante del paisaje.
“¡Heil!”: en la oreja cortada de una muñequita
rusa, se escucha el “saludo de la grada”.
En una imagen de propaganda se ve a unos jóvenes campesinos
armados con rastrillos y palas que cargan como fusiles, frente
a una enorme svástica. Podemos imaginar a un “filósofo”
marchando con una grada frente a la misma svástica.
La lluvia mediana forma cortinas que dan la ilusión
que inventa puentes.
Ante la pregunta: “¿Qué es el ser?”,
preguntamos: “¿Qué has hecho del ser, con
el ser?” ¿Cuántas veces alzaste tu mano
de uñas cortadas aullando el nombre de un pintorcillo?
¿Contaste acaso las sillas vacías de tus estudiantes
deportados, sabes cuántos son? ¿Cuántas
veces los obligaste a pararse de noche para contarlos, fila
tras fila, hasta el agotamiento? ¿En qué monumento
funerario pasaste lista de sus nombres sangrientos? ¿Qué
amor te profesaba una judía filósofa frente a
tus compañeros de caza nazis? ¿En qué espejo
de 1929 pudiste borrar el prefacio de tu antiguo maestro Husserl?
¿Te ayudó Parménides a establecer una ecuación
entre la pureza de la lengua y la pureza de la raza? René
Char ¿te dio su perdón o su guerra? ¿Te
había leído el último de los presocráticos
en su búsqueda de la base y la cima? ¿Vomitaste
el agua del suicidio de Paul Celan ante las sogas de las ahorcadas
de Ravensbrück?
Los guardias de los campos también son guardias de la
lengua.
La noche abrevada con agua se afeita en la fuente.
¿Puede la cobardía del filósofo mencionada
por Hannah Arendt irrigar su “filosofía”?
¿O será que, al no existir en el “hecho
de ser” jerarquía alguna o diferencias, un campo
nazi, un accidente de tráfico o una flor son iguales
frente al camino que lleva a la palabra?
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¿Puede ser cobarde la filosofía?
Sócrates no renegó de sí mismo ante
la muchedumbre que le reprochaba haber ofendido a los
dioses y pervertido con sus ideas a los jóvenes.
No trató de huir. Su suicidio, su sacrificio, es
el nacimiento de la filosofía. La voluntad de la
filosofía es la filosofía misma.
La filosofía es aún una valentía
del pensamiento.
Vanini, cuya lengua del saber es arrancada en la plaza
del Parlamento en Tolosa en 1643, no quiso renegar de
sí mismo. También él le dijo al perro
de Dios, antes de que el verdugo le arrancase la lengua:
“Muero como un filósofo”.
Pensar requiere siempre manos.
El camino al ser es una valentía del pensamiento
del hombre que construye dicho camino.
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Mariana
Ortega, Charlottens |
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A Hugo Boxel, doctor en Derecho, quien le escribiera: “(…)
todos los filósofos, tanto antiguos como modernos, estaban
convencidos de que había espíritus”, Baruch
de Spinoza contestó: “La autoridad de Platón,
de Aristóteles, de Sócrates, etc. no cuenta mucho
para mí...” (Correspondencia - Spinoza). Tampoco
Heidegger.
La libertad es una pregunta muda. Contamos sus mordazas al
pie de sus estatuas. La revuelta de las rosas es una protesta
que desflorece la cima de la puerta. El perro, colgado con su
correa de la rama del roble, celebra su obligación de
ladrido. Los opuestos van y vienen en las estaciones de trenes
y siguen siendo difíciles de descifrar.
¿Tal vez el filósofo llamado « Aquel que
trabaja el brezal (la piel de la tierra) con una grada”
no era un cobarde sino un cazador convencido y astuto de su
razón?
“El hombre es un animal hecho para la muerte.”
Leer, es también leer lo que está escrito. El
hombre es un animal. Sigue habiendo vagones de carga en las
estaciones del pensamiento.
“Afirman los cuervos que bastaría un cuervo para
destruir el cielo...”
“Kafka Kafka Kafka” gritan los cuervos en la llanura
roída por el frío, en las horcas, en los ojos
de los judíos acusados de matar a niños para amasar
su sangre con el pan ácimo de la Pascua.
“Kafka Kafka Kafka” en los gulags, “Kafka
Kafka Kafka” en el juicio de las batas blancas, “Kafka
Kafka Kafka” en el de Slansky, “Kafka Kafka Kafka”
en la confesión de Arthur London.
También el nombre de esas camionetas pintadas de negro
del NKVD, que surcaban Moscú durante la noche. Aquellos
cuervos de lentes que venían a arrestar a los arbitrarios
culpables de las monstruosidades del comunismo real.
En polaco (al igual que en checo), un ‘kawka’ es
simplemente un cuervo.
Al parecer los Kafka, los Kawka, y también los Kawkiewisz
y los Gawkiewicz (ambos exclusivamente polacos) tuvieron antepasados
cuya casa llevaba un letrero en forma de cuervo.
Un letrero de cuervo señalaba la tienda del padre de
Kafka en la ciudad de Praga, el ideograma del sastre apellidado
el cuervo.
La obra de Kafka lleva la impronta de su nombre, o por lo menos
a través de la complejidad de su obra Kafka realiza inconscientemente
su nombre de cuervo.
Su cabeza de centinela de cabellos negros, armada con las jeringas
de paso de su muerte.
Kafka lleva un apellido que significa cuervo y un nombre que
significa francés.
Decide plantear la acción de su cuento “En la colonia
penitenciaria” en el universo del colonialismo francés.
Kafka sabe que su apellido significa el cuervo.
¿Cómo evitar relacionar el universo de la obra
de “Kafka-el-cuervo” con el de las aves negras que
cruzan por el cielo de la historia del invierno, en el invierno
de la Historia?
Periódicamente los cuervos ordenan una ceremonia justiciera
semejante a la de una corte tribal.
Se reúnen en un amplio claro del bosque guardado por
centinelas con el fin de juzgar a uno de los suyos. Lo matan
colectivamente a picotazos, el blancor de la nieve lo despedaza.
Acaban de juzgarlo por una falta que cometió sin saberlo.
Ignora que en el momento mismo en que el círculo se
forma, él está a punto de ser condenado por la
magistratura de su pueblo.
El peso oscuro de la colectividad ejerce entonces su poderío
de muerte.
Chivo expiatorio en los palacios de justicia del invierno, el
condenado es el centro de la muerte de los demás y de
la nuestra.
Y así, el universo tan particular por el que transita
la ley de K. es el del “tribunal de los cuervos”.
Los cuervos que giran alrededor del torreón pronuncian
su nombre en forma de eco y lo repiten por el infinito del absurdo
en el que impera la falta desconocida.
De hecho, ¿no lleva uno de los acompañantes del
Señor K. el apellido Rabensteiner: la piedra del cuervo?
Kafka perteneció al movimiento libertario praguense,
cuya bandera es del mismo color negro que los cuervos.
Kafka es dos veces cuervo: en la asamblea del juicio y en la
rebelión en contra de la asamblea.
Los mil clavos de la máquina penitenciaria son otros
tantos picos y garras que laceran al condenado. Otras tantas
“gradas” dispuestas a tatuar el código del
castigo. Otras tantas plumas que lentamente escogen el tintero
de su juicio.
A su vez, el filósofo llamado “Aquel que grada
el brezal” inventa una máquina del juicio.
La lengua del cuervo se conoce aún poco entre la neblina
de los hombres. Sabemos sin embargo que los lobos la comprenden,
y se sirven de ella para señalarles la carroña
abandonada.
Los profesionales de la adivinación, los etruscos, seguidos
por los romanos, distinguían sesenta y cuatro graznidos
diferentes. Uno por cada casilla infinita en el tablero de ajedrez
del Proceso.
Los laberintos de los juicios colocan al poeta en el centro
de la condena del estado universal.
La grada de Ser y Tiempo pasará sobre la profecía
de los cuervos en el brezal donde camina el prisionero.
Organizar cada año maniobras
de banderas sin territorio sin pueblo
sin Estado y sin nación.
Las banderas son las sábanas hechas con la piel de los
muertos donde se duermen los reyes.
La poesía es el fin de las banderas.
Traducción del francés de Sophie
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