Repítete a ti mismo

Hernán Bravo Varela

 

Renovarse o morir, reza el refrán. Pero su disyuntiva no deja espacio para considerar las muchas virtudes del sedentarismo o la repetición, en especial la renuncia al vértigo de las tendencias y al espejismo de un presente que nunca tiene para cuándo. El espíritu de aquel refrán, a la mano de personas generalmente insatisfechas con su edad y su físico, ilustra bien la cínica perversidad de nuestra época: todo lo que despida un tufillo a pretérito, debe desaparecer sin dejar huella. Su prueba más penosa no sólo está en la destrucción de tantos monumentos históricos de Irak a manos del ejército estadounidense, sino en los malos hábitos de purgar nuestra biblioteca y renovar el guardarropa de la misma forma en que se sacan las bolsas de basura los domingos por la noche. No debemos conservar por demasiado tiempo los mismos títulos y autores (y lo que es peor en ciertos casos fundamentalistas, las mismas ediciones o dos ejemplares idénticos de una novela o un libro de poemas). No podemos darnos el lujo de vestir cada tanto nuestras prendas favoritas por temor a los juicios modales (es decir, a la envidia o el mal gusto) de nuestros amigos. Cualquier constancia muestra los síntomas de un pasado crónico, y su única cura, placebo del presente, es el travestismo. Sujetos a la diálisis del alma y sus costumbres, nos rompemos en vano la cabeza tratando de entender la necesidad de un tratamiento así, que busca renovar lo puro e inmutable, nuestra posesión más íntima y auténtica.

Guillermo Schulz, Sin título.


“Repítete a ti mismo”. Me parece que grabé esa frase para mis adentros en el frontispicio del oráculo de mi salón de clases, como respuesta a los ataques de mi profesora de gramática durante el primer año de universidad. La Dra. X me conminaba a abandonar los “tics”, como ella los llamaba, de mis ensayos académicos. “¿Por qué no dices lo que tienes que decir en la forma más llana posible, sin tanta maleza? Ya sabemos que sabes escribir -continuaba su amonestación delante de mis compañeros, mientras encendía el vigésimo quinto cigarro de la clase-, pero debes intentar ser claro. En el ensayo académico no caben los lirismos, sino el dato puntual y la exposición objetiva. Mucho me temo que te pierdas en tus obsesiones si sigues por ahí. Nadie va a querer leerte igual de la primera a la última página (quiero decir, con los mismos defectos). Te lo digo por tu bien…” ¿Tomar partido por la claridad no era, acaso, una obsesión o un dogma semejante al que decide abanderar el hermetismo? Insistir, resistir y persistir, me pareció desde entonces, son los infinitivos que deben amparar nuestra creencia en tal o cual postura, por radical o cómoda que sea. La necedad y la necesidad de reiterarme han dado a luz criaturas desdichadas en mi vida y en las páginas, pero también me ha dado la satisfacción de unos pocos hijos impasibles que desconocen, al menos para mí, el envejecimiento prematuro. La repetición es, quizá, el grado máximo al que puede aspirar la coherencia del hombre, el único antídoto contra su inconstancia. Repitámonos, pues, al infinito, al mortal y modesto infinito que somos. En el signo gráfico del calderón, por ejemplo, la melodía muere y renace sin cesar.

Pero en cada vuelta la música resucitada nos trae noticias de un más allá: el de nosotros mismos, quietos como el niño en el poema de Alastair Reid que, en traducción del poeta peruano Antonio Cisneros, escucha al maestro decirle en la lección de piano:

Toca la melodía otra vez; pero ahora
atiende más al movimiento,
a su origen,
y menos al tiempo.
El tiempo cae,
curiosamente, mientras tanto.

Toca la melodía otra vez;
no vigiles tu digitación, olvídala,
deja fluir el sonido hasta que te rodee.
No cuentes o pienses cosa alguna.
Déjalo ir.

Toca la melodía otra vez; mas procura
no ser nadie, nada
como si el paso del sonido fuera tu corazón
latiendo
como si la música fuera tu rostro.

Toca la melodía otra vez. Más fácil te sería
pensar menos en las notas, en la medida. Todo
es una armonía de silencio.
Sé silencioso
y, entonces, toca por placer.

Toca la melodía otra vez; y no me
preguntes esta vez qué pienso cuando acabe.
Siente lo que hay de extraño en este cuarto:
cómo el sonido se encapota
sobre ti, sobre mí, sobre las cosas.

Ahora,
toca la melodía otra vez.


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