Renovarse
o morir, reza el refrán. Pero su disyuntiva no deja espacio
para considerar las muchas virtudes del sedentarismo o la repetición,
en especial la renuncia al vértigo de las tendencias
y al espejismo de un presente que nunca tiene para cuándo.
El espíritu de aquel refrán, a la mano de personas
generalmente insatisfechas con su edad y su físico, ilustra
bien la cínica perversidad de nuestra época: todo
lo que despida un tufillo a pretérito, debe desaparecer
sin dejar huella. Su prueba más penosa no sólo
está en la destrucción de tantos monumentos históricos
de Irak a manos del ejército estadounidense, sino en
los malos hábitos de purgar nuestra biblioteca y renovar
el guardarropa de la misma forma en que se sacan las bolsas
de basura los domingos por la noche. No debemos conservar por
demasiado tiempo los mismos títulos y autores (y lo que
es peor en ciertos casos fundamentalistas, las mismas ediciones
o dos ejemplares idénticos de una novela o un libro de
poemas). No podemos darnos el lujo de vestir cada tanto nuestras
prendas favoritas por temor a los juicios modales (es decir,
a la envidia o el mal gusto) de nuestros amigos. Cualquier constancia
muestra los síntomas de un pasado crónico, y su
única cura, placebo del presente, es el travestismo.
Sujetos a la diálisis del alma y sus costumbres, nos
rompemos en vano la cabeza tratando de entender la necesidad
de un tratamiento así, que busca renovar lo puro e inmutable,
nuestra posesión más íntima y auténtica.
“Repítete a ti mismo”. Me parece que grabé
esa frase para mis adentros en el frontispicio del oráculo
de mi salón de clases, como respuesta a los ataques de
mi profesora de gramática durante el primer año
de universidad. La Dra. X me conminaba a abandonar los “tics”,
como ella los llamaba, de mis ensayos académicos. “¿Por
qué no dices lo que tienes que decir en la forma más
llana posible, sin tanta maleza? Ya sabemos que sabes escribir
-continuaba su amonestación delante de mis compañeros,
mientras encendía el vigésimo quinto cigarro de
la clase-, pero debes intentar ser claro. En el ensayo académico
no caben los lirismos, sino el dato puntual y la exposición
objetiva. Mucho me temo que te pierdas en tus obsesiones si
sigues por ahí. Nadie va a querer leerte igual de la
primera a la última página (quiero decir, con
los mismos defectos). Te lo digo por tu bien…” ¿Tomar
partido por la claridad no era, acaso, una obsesión o
un dogma semejante al que decide abanderar el hermetismo? Insistir,
resistir y persistir, me pareció desde entonces, son
los infinitivos que deben amparar nuestra creencia en tal o
cual postura, por radical o cómoda que sea. La necedad
y la necesidad de reiterarme han dado a luz criaturas desdichadas
en mi vida y en las páginas, pero también me ha
dado la satisfacción de unos pocos hijos impasibles que
desconocen, al menos para mí, el envejecimiento prematuro.
La repetición es, quizá, el grado máximo
al que puede aspirar la coherencia del hombre, el único
antídoto contra su inconstancia. Repitámonos,
pues, al infinito, al mortal y modesto infinito que somos. En
el signo gráfico del calderón, por ejemplo, la
melodía muere y renace sin cesar.
Pero
en cada vuelta la música resucitada nos trae noticias
de un más allá: el de nosotros mismos, quietos
como el niño en el poema de Alastair Reid que, en traducción
del poeta peruano Antonio Cisneros, escucha al maestro decirle
en la lección de piano:
Toca
la melodía otra vez; pero ahora
atiende más al movimiento,
a su origen,
y menos al tiempo.
El tiempo cae,
curiosamente, mientras tanto.
Toca la melodía otra vez;
no vigiles tu digitación, olvídala,
deja fluir el sonido hasta que te rodee.
No cuentes o pienses cosa alguna.
Déjalo ir.
Toca la melodía otra vez; mas procura
no ser nadie, nada
como si el paso del sonido fuera tu corazón
latiendo
como si la música fuera tu rostro.
Toca la melodía otra vez. Más fácil te
sería
pensar menos en las notas, en la medida. Todo
es una armonía de silencio.
Sé silencioso
y, entonces, toca por placer.
Toca la melodía otra vez; y no me
preguntes esta vez qué pienso cuando acabe.
Siente lo que hay de extraño en este cuarto:
cómo el sonido se encapota
sobre ti, sobre mí, sobre las cosas.
Ahora,
toca la melodía otra vez.